FEBRERO DIJO ADIÓS CON A DE ARTE…
Febrero. Mes extraño, corto, a veces frío y a veces cálido. En España se despidió con el toreo de dos grandes figuras de la Tauromaquia. José Tomás y Morante de la Puebla.
José Tomás toreaba en Castellón. Expectación máxima. Esplá y Matías Tejela como compañeros de cartel. La ciudad de la Plana vibrando… exaltada, ennoblecida, ni siquiera la fuerte lluvia conseguía aplastar la energía y los ánimos.
Ambiente de fiesta para el día grande de la Feria de la Magdalena.
Con el primer toro José Tomás poco pudo hacer. Lo único que consiguió fue dejar algún detalle suelto, destello de su inmensa calidad, y aumentar todavía la espera. En el segundo astado, el diestro de Galapagar bordó el toreo. Se pudo ver al más soberbio matador, excelente en todos los sentidos. Esa quietud, José Tomás torea como decía Pedro Romero que se debe torear, con las manos, de la cintura hacia abajo carece de movimientos. Esa plasticidad, qué belleza, el capote del madrileño ondea al viento y dibuja formas imposibles, caprichosas, en los tendidos la gente muda el rostro de puro asombro. José Tomás es grande, y lo demuestra, bueno con el capote, mejor con la muleta, tan templado…
Castellón fue único, pero no irrepetible, se volverá a repetir la próxima vez que un ruedo acoja en su seno a José Tomás.
Vistalegre es popular, madrileña, carácter de pueblo y alma torera. Aquel viernes, un 29 de febrero, un curioso día que no volverá a repetirse hasta dentro de cuatro años, se aguardaba la estela aparición de El Pana y de Morante de la Puebla.
Se hicieron esperar, el atasco colapsó Madrid, por megafonía se anunció lo que no se había anunciado hasta la fecha, la entrada tardía de los toreros.
La tardanza valió la pena. El Pana apareció envuelto en una manta mexicana y fumando un puro, arrastrando una pierna al caminar. Morante de la Puebla ceñía un traje de colores demasiado bellos y de hechuras demasiado atrevidas.
Duelo de titanes.
Tarde de expectación, corrida de decepción, decían allí los entendidos. No fue así exactamente, pero hubo una parte de verdad. Los toros no ayudaban, uno tuvo que ser devuelto, los cabestros se eternizaron en su salida del ruedo, un caballo se lesionó y esa lesión le provocó una herida muy fea.
Tarde de contratiempos.
Y el público, quejándose, exigiendo, gritando…
El Pana gustó o no gustó. A mí sí me agradó. Vi sobre las arenas a un anti-héroe, un hombre avejentado, un tipo luchador que ya no lucha. Un personaje. Astados con posibilidades que él no supo, o no quiso, aprovechar, El Pana hace lo que quiere, torea como quiere, dejó pases absurdos, colocaciones impensables, estocadas malas… pero también dejó un derroche de personalidad, un carácter especial, sabor a México, una esencia, una originalidad. El Pana no albergaba ninguna pretensión, sabe lo que es y sabe lo que hay, y por eso es respetable. A mí sí me agradó.
Morante me aburría, en la dicotomía de ser o no ser morantista yo estoy del lado del “no”. No lo soy, Morante me gusta en pequeñas dosis, y su dosis de efectismo no siempre me convence. A veces me encanta, otras me adormece. Aquella tarde no hizo mucho, sus oponentes no se lo ponían fácil, y a él se le iban los minutos ofreciendo buenos detalles y malogrando muchos toros.
Concluía la tarde de un día soleado, primavera ya en Madrid. Aplausos tras la última actuación. Y Morante que decide que regala el sobrero.
Empieza entonces el espectáculo…
Arte. Arte fue lo que se vivió en Vistalegre. Chulería torera, aroma a hierbabuena, Morante de verdad Morante, actitud chulesca, capote bien jugado, muletazos bonitos, tensión en los asientos, buena estocada, el triunfo del hombre sobre el toro, y fin de fiesta colosal.
Un regalo para los sentidos.