Sexo y fruta
Cogí el plátano, era enorme, una gran fruta amarilla, tersa y dura. Estábamos desnudos, los dos, tumbados en el suelo del salón, jadeando como animales, sudorosos, enviándonos el uno al otro miradas llenas de deseo. Se trataba de una entrega salvaje, muy pasional, sexo duro instintivo y primario.
Él respiraba con dificultad, gemía, sus cabellos castaños, alborotados, se perdían en las profundidades de mi cuello, soplaba en mi nuca, y me besaba con furia el lóbulo de la oreja. Agarré bien aquella tremenda banana, me la llevé a la boca, mmmm, qué sabor tan bueno!, mordí un poquito y, mientras degustaba aquella delicia, conduje tan hermosa pieza al culo de él.
Sonrió al comprobar mis intenciones… y me pellizcó un pezón.
El plátano entró en el tímido orifico anal. Lo empujé, era turgente, y conseguí que se adentrara un poquito más en aquel agujerito virgen, en aquel reducto que nunca hasta la fecha había sido profanado. Él se excitó, le agradaba mi travesura, enterró su dedo índice en las humedades de mi vagina y, atendiendo a mi petición suplicante ( y llena de susurros ), me obsequió con una fresa. Mis dientes arrancaron un pedacito de aquella carne tan jugosa y tan roja, el resto de la fruta él lo deslizó por mi vientre, el hueso de mi cadera, mi monte de Venus…
Lo condujo hasta mi coñito, que lo recibió complacido, lo introdujo allí, y dibujó movimientos circulares con aquel fresón dentro de mi concha, que rezumaba jugos y zumos. Cuando la sacó de mis intimidades, la fresa chorreaba, estaba mojaba, impregnada de todos los líquidos que mi excitación producía en mí, y él sonrió, me acarició el pelo, y me metió aquel regalo frutal en la boca.
Comí con ganas, mientras él jugaba a colocar pedazos de melón y mango, muy fríos, sobre mi piel morena. Encima de mis tetas, a la altura de mi ombligo, en la cara interna de mis muslos, sobre mis rodillas. Mi cuerpo bronceado se cubrió de trocitos de color verde y trocitos de color anaranjado, melón y mango sobre mis curvas femeninas… después su lengua… lametones calientes… baños de saliva… toda la hombría de mi amigo lamiendo cada uno de mis recovecos de mujer.
Me enardecí, estaba como una perra, su boca comiéndose la fruta que reposaba en mis pies me puso a mil, mis flujos vaginales descendían por mis piernas tersas, y bien tostadas por el sol, y deseé que él me follara, que me tomara por detrás y que me clavara la polla hasta el fondo, lo quería muy dentro de mí, anhelaba una embestida brutal que calmara mi sed y mi hambre.
Él me tiró de la melena hacia atrás, con brusquedad, y me propinó una palmada en las nalgas mientras dejaba que un gajo de naranja se deslizara por los pliegues de mi coño…
Fue entonces cuando cambié de idea… me apetecía otra cosa… atrapé con mi boca golosa el pedazo de piña que él me ofrecía mientras repté unos centímetros, y alargué el brazo para rescatar el objeto que estaba buscando, al que poco antes él había enviado, de una patada, a una esquina debajo de la mesa. Se rió, con sus carcajadas sonoras, y hundió sus dedos en esa cueva húmeda y pegajosa que yo lucía entre las piernas, me contempló con placer mientras yo aparecía de nuevo en su ángulo de visión con un vibrador entre los dientes.
Trató de quitármelo de las manos, con un gesto pícaro, y yo se lo impedí. Di un mordisco a lo que quedaba de plátano, de ese plátano que había perforado su hueco trasero, y le ordené que cambiara la posición. La postura que le mandé adoptar me permitía hacer lo que estaba deseando. Hacérselo con el dildo… Él jadeó, gimió un poco, algo asustado… y después se relajó. Se trataba de un juguete bastante pequeño, que empezó a entrar, despacio, en la oscuridad de su culito inexplorado. Su polla aumentó de tamaño, le regalé un beso, y continué empujando el vibrador. Sus carnes se abrían, y sus dedos, nerviosos, retorcían mis pezones, ya muy erectos.
Y así, saboreando el plátano, seguimos pasando la tarde. Nuestra piel sabía a sal, sudorosa, nuestros cuerpos bronceados resplandecían, sensuales, mi coñito húmedo se exhibía como una flor, y el dildo, bien guiado por mi mano, proseguía su camino, una sugerente exploración de unos terrenos, difíciles, que poco a poco dejaban de ofrecer resistencia.