Todo, familia, casi gemelos.

TODO.

Quiero lamerte, recorrer tu cuerpo con mi lengua loca, chupar el sabor agridulce de tu piel morena, regalarte surcos de saliva, descubrir en tu cuerpo sendas ocultas donde perder los labios, comerme tu sudor, deslizar mi boca por tus fornidos brazos, por tus trabajadas rodillas, por tu culo.
Me encanta tu culo…
Quiero comértelo, enterito, introducir un dedo en ese agujero que tú conservas virgen, hacer círculos con él en esa cavidad tuya tan inexplorada, sacarlo de ti y olerlo, alimentarme de tu esencia, jugar con mis dientes por esas partes de tu anatomía tan ávidas de caricias…


Quiero penetrar tu culo con mi lengua…
Necesito follarte. Quiero tu sexo. Tu sexo y el mío, un combate furioso y salvaje. Quiero que me folles. Hazme lo que quieras, no diré que no a nada. Quiero llegar muy lejos contigo, una entrega sin límites, animal y apasionada.
Tírame al suelo y fóllame por detrás.
Méate en mi cara hambrienta de tus jugos.
Muérdeme el coño con tus dientes de acero.
Arráncame un orgasmo tras otro y no me dejes parar.
Susurra palabras obscenas en mi oído deseoso de escucharlas…
Sé tú, poséeme, fóllame, dame sexo diferente, no pongas barreras, lo quiero todo, y lo quiero ya…

FAMILIA.

Los gemidos me sobresaltaron nada más abrir la puerta, esperaba encontrarme la casa vacía. Subí la escalera, sin saber por qué de forma sigilosa, con el corazón latiéndome desbocado, sintiéndome casi culpable por estar allí… Realmente tenía que haber ido a la autoescuela… Los jadeos, entrecortados y salvajes, procedían del dormitorio de mis padres.
Acelerada, gozando yo también de aquella respiración tan agitada, me quité los zapatos y caminé despacio por el pasillo. Recuerdo que aquel día llevaba una falda muy cortita, y me agradaba sentir el contacto de mis nalgas con la tela. El tanga, que era de color rosa chicle y de textura aterciopelada, se me había humedecido un poquito. Desde siempre me han gustado los susurros y los gemidos.
La puerta, entreabierta, me permitió contemplar toda la escena…
Quizá cualquier otra niña de dieciocho años se habría sentido asqueada, o escandalizada, al presenciar aquel espectáculo. Yo me excité. Ella, Bárbara, a cuatro patas, lucía perfecta sobre la cama de matrimonio que se suponía sólo debía acoger, como figura femenina, la de mi madre. Morena, con los rizos oscuros de su agitanada melena deslizándose sobre su piel, prieta y escultural. Sus tetas, bastante grandes, se balanceaban, aquí y allí, derecha e izquierda, y aquel rítmico vaivén consiguió que mi clítoris palpitara, dentro de mí.
Por supuesto yo sabía quién era Bárbara Domínguez…
La cantante de moda en aquel momento, la mujer más deseada de los últimos años, el rostro más bello de España, y el cuerpo con el que miles de personas daban rienda suelta a sus pasiones más ocultas. Mi hermano, un año mayor que yo, me había confesado que se había masturbado contemplando una foto de la diva, tan guapa ella y tan morena, y que su leche había salido disparada tras un orgasmo bestial, y se había estrellado contra la cara de niña buena con la que la voz más aclamada de la década había posado para aquella fotografía.
Claro que mi hermano me había confesado esa paja tan disfrutada antes de que nos empezaran a agobiar los rumores de una posible relación entre Bárbara y mi padre…
Él, mi padre, bailarín y gran conquistador, la penetraba por el culo. Mi posición, acuclillada en el pasillo, agazapada tras un recodo entre la pared y la puerta, me permitía disfrutar de una amplia visión de lo que ocurría en el cuarto. El culito de Bárbara perforado por la verga hinchada de mi padre, hombre apuesto y elegante, muy bien conservado para sus cincuenta años largos. Bárbara, unos veinte o veintitantos más joven, se contraía con cada embestida, los sonidos guturales que emitía revelaban que la penetración le estaba haciendo daño… y a la vez que le estaba encantando. Él, en cambio, mi progenitor, el dador de mis días, empujaba encantado, suspiraba de placer, y de vez en cuando soltaba expresiones que delataban lo mucho que estaba gozando.
Con mi recién estrenada mayoría de edad, yo permanecía con mi orificio anal virgen. Cierto que no lo tenía completamente intacto, alguno de mis ligues de los últimos meses habían investigado con sus dedos juguetones esa parte de mi geografía tan inexplorada aún, y también, ahora casi me avergüenza recordarlo, también yo misma había jugado a introducir un pequeño plátano por ahí cuando andaba por los catorce o los quince… pero a eso se reducía toda mi experiencia trasera.
Me apetecía ser follada por el culo, la verdad es que me apetecía mucho, pero siempre que se me presentaba la ocasión me acojonaba, pensaba que, al tener el senderito tan estrecho, el dolor sería muy intenso, y no me decidía a probarlo…
Aquella tarde, contemplando a mi padre como un animal salvaje, entrando en Bárbara y saliendo de Bárbara con su erecta polla, tan grande y dura que hasta me podía imaginar a mí misma comiéndosela, deseé más que nunca que me profanaran esa cavidad que yo todavía conservaba pura.
Mi padre alcanzó el orgasmo, su cuerpo esbelto se contrajo, sus jadeos se tornaron casi aullidos, y su leche, que supuse cálida y amarga, se derramó sobre la espalda arqueada de la bella mujer que yacía en la cama de mi madre. Segundos después, como ella aún no estaba satisfecha, él hizo que su preciosa silueta se girara, y la colocó de tal forma que ambos me ofrecían una panorámica ideal de lo que estaba sucediendo. Empezó a comerle el coño, que rezumaba humedades, y yo me sentí de repente infantil, y absurda, observando cómo la lengua de mi padre acariciaba los pliegues deliciosamente depilados del chochito de Bárbara. Yo, que me creía tan mayor y tan moderna, que encadenaba la noche del viernes con la del sábado y que me había acostado con más de treinta chicos, yo, la que pensaba que se lo sabía todo, nunca me había depilado el coño.
En aquel momento hubiera deseado que todo aquel vello que me poblaba los bajos desapareciera en un momento…
Mi tanga, muy húmedo, seguía atento los avatares de la escena. La boca de mi padre era golosa, y avarienta, y se lo comía todo. Chupó y lamió hasta que ella le apartó la cabeza con la mano, en un movimiento muy fino, y se convulsionó delante de mí, bebiéndose toda la intensidad de su clímax.
Fue entonces cuando Bárbara me descubrió. Me regaló una hermosa sonrisa, introdujo uno de sus largos dedos en su agujero vaginal, lo movió en diminutos círculos, y se lo llevó a la boca. Me guiñó un ojo, uno de sus negros y achinados ojos, y comentó algo con mi padre.
Él miró hacia el lugar en el que yo me encontraba, su pecho sudoroso me atraía irremediablemente, y jugué a lolita traviesa y le envié un beso, un besito que construí contorneando los labios, esa boca ávida de sexo que, en aquellos instantes, deseaba mucho perderse en la carne experta de mi padre…
Mi madre, que regresaba a casa del gimnasio, saludó desde abajo… y a mí la situación me puso muy caliente. Estoy aquí, mamá, le grité, voy a ducharme. Ella ignoraba que mi padre se encontraba en casa, lo habitual eran sus ausencias, nos habíamos acostumbrado a ellas desde pequeños, igual que asumíamos que él era, por naturaleza, infiel. A veces yo sentía lástima por mi madre, tan dulce y tan guapa, a la que él engañaba una y otra vez con mujeres de toda clase y condición, también con hombres, mi padre es un tipo al que le fascina el sexo, y lo disfruta de todos los modos posibles.
Aquella tarde no. Aquella tarde no pensé en la mujer apacible y serena, muy bonita para sus casi cincuenta años, de cuerpo esbelto y bien conservado, que permanecía abajo, tranquila, ajena a lo que arriba acababa de ocurrir y seguía ocurriendo. Aquella tarde no fui su cómplice, no pensé en ella como la niña ingenua que fue cuando a los dieciséis se enamoró de mi padre, ella absolutamente virgen y casi infantil, él ya un conquistador empedernido, hombre curtido en batallas y doctorado en experiencias. No tuve en cuenta a la mujer que no follaba, que hacía el amor, que jamás permitiría que se la metieran por el culo, que ni siquiera entendería que alguien gozara sintiendo su meada sobre la piel… aquella tarde-noche me sentí guarra, y zorrita, y entré en el cuarto de baño con mi padre y Bárbara, y acaricié con mi dedo trémulo uno de sus pezones arrugaditos…
Y casi grité de placer cuando ella me acarició las nalgas, y vencí la timidez y tomé una de sus elegantes manos y la conduje hasta mi coñito, ya libre del tanga, velludo y húmedo, y allí ya supo ella que puntos tenía qué tocar, dónde debía presionar y qué parte requería un contacto más suave… Y, mientras los dedos de la bella Bárbara viajaban a través de mis senderos vaginales, mis movimientos acompasados se reflejaban en el espejo… yo soy muy guapa, delgadita y rubia, con un cuerpo de adolescente escuálida con curvas sugerentes donde tiene que haberlas, y mi padre se deleitaba, tal vez algo cortado, con el baile rítmico de mi cadera y de mis senos breves, y Bárbara me obsequiaba con caricias que hacían que mi coño vibrara de gozo.
Y, abajo, mi madre empezaba a preparar una ensalada. Después, cuando entre los tres nos encargamos de hacer salir a Bárbara de casa sin que mamá se diera cuenta, llegó mi hermano, regresaba de un partido de baloncesto, y, mientras se conectaba al messenger, fiel a su costumbre, y se preparaba para una sesión de sexo virtual a través de su webcam, le hice partícipe de mis aventuras, nos lo contamos todo.
Somos como gemelos, él es diez meses mayor que yo…
Y nos excitamos los dos, y nos masturbamos juntos, su mano en su polla, la mía en mi coño, y nos corrimos casi al mismo tiempo, yo un poco antes, y nos sorprendimos felices, riéndonos, comentando la hermosura de las piernas de Bárbara, imaginando otras situaciones que a los dos nos apetecía compartir.
Después, tras nuestra corrida, mamá nos llamó para que bajáramos a cenar… Mi padre, nuestro padre, cenó poco, y rápido, y salió a tomarse una copa. Él dijo que iba a tomarse una copa, más adelante supimos que se había citado con Noelia, otra de sus amigas, pelirroja ella, y muy alta.
Pero, esa, es ya otra historia…

CASI GEMELOS.

La deseaba más que nunca. Era tan zorrita… Allí tumbada, al borde de la piscina, con su bikini rosa. Creo que empezó a gustarme desde que era muy pequeño, quizá con once o doce años ya me sentía atraído por su precioso cuerpo.
Belén, mi hermana del alma, casi mi gemela, es nueve meses mayor que yo. Yo acabo de cumplir dieciocho. Los dos somos altos, y morenos. Ella es una diosa, una muñeca de líneas sugerentes y curvas deliciosas. Con la belleza de mi madre y la elegancia de mi padre. Tan guapa… caderas pronunciadas, cintura grácil, boca carnosa y senos firmes. Culito terso, y redondo, piernas más largas que un día de verano… Belén es preciosa.
El calor, tormentoso, se me adhiere a la piel, estoy sudando. Cae la tarde, y mi hermanita se acaricia con un dedo la cara interna de sus muslos perfectos, es tan guarra… me mira… juega a calentarme… sabe que se me pone dura sólo con notar su presencia a mi lado. Antes, las noches de lluvia, me iba a su cama… Este año se fue a estudiar a Madrid, y la he echado muchísimo de menos…
Me gustaría tanto besarla, comerle la boca, navegar por su coño…

Jose, mi hermano del alma, casi mi gemelo, está buenísimo. Siempre que enseño fotos de él a alguna amiga observo las mismas caras de admiración. Mis amigas se lo meriendan con la mirada. Esos ojos marrones, esos brazos robustos, sus divinas abdominales muy bien trabajadas en el gimnasio, esas piernas, un culo que quita el sentido, esa boca tímida y, a la vez, tan morbosa… Y su voz, Jose logra derretirme con su voz…
Nada, en la piscina, mientras, lejos, retumba el trueno, y yo le contemplo. Su bello cuerpo se desliza por el agua con la soberbia de los que se saben deseados y deseables. Cómo me pone… Intuyo su pene, bajo el bañador, ese bulto atrapado por esas telas veraniegas… y deseo más que nunca comérselo…
Es mi hermano, casi mi gemelo, nos lo contamos todo y somos grandes amigos desde la infancia…y, sin embargo, es mi hermano, y no me puedo creer que esté aquí, tumbada al sol, ansiosa por meterme en la boca su polla enhiesta y erecta…
Sale del agua y me salpica… a veces es aún muy niño… y esas gotitas que caen sobre mi piel morena me las imagino como si fueran gotitas de su semen… y siento que mi coño se humedece, me pongo a cien, deseo que mi hermanito se corra sobre mí, y me regale un baño de su leche mágica…

Ahí está, jugando con el móvil, como siempre. Qué putita es… El diminuto tanga que cubre sus partes bajas se le ha movido, ¿involuntariamente?, y me permite su postura atisbar un trocito de ese coño que ella lleva siempre depilado. Mmmmm, me he empalmado. Belén permanece tumbada en su hamaca, aparentemente ajena a mis miradas, ahora se quita la parte de arriba del bikini, y sus tetas, morenitas aunque no tanto como el resto de su cuerpo, me muestran su belleza. Para su casi extrema delgadez, mi hermana tiene unos pechos grandes. Muy pero muy generosos, y turgentes, con unos pezoncitos chiquitines que apuntan al cielo. Qué buena está…
Sueño con colocarla en la hierba a cuatro patas y ordeñarla…
Respira, despacito, y su respiración hace que se eleve su vientre liso… y yo me muero por clavarle mi verga hasta el fondo, por perderme en esos humedales que debe haber en su vagina, por embestirla una y otra vez hasta arrancarle un orgasmo bestial…
Dentro de casa, al fresquito, mi padre se echa la siesta…

Y ahora me ignora, el muy… Después de excitarme con sus movimientos, de pavonear su escultural cuerpo por delante de mis ojos hambrientos de él, después de ponerme como una perra… ahora se acuesta y pasa de mí. Qué fuerte, qué hermanito tengo… Con las ganas que tengo de meterle la lengua en el culo y correrme oyéndolo gritar de placer… Necesito beberme su esperma, comerme su lengua, cabalgar sobre él…
Y de nuevo a la piscinita… Jose tiene calor… yo también, estoy empapada… además, esta tarde de tormenta aumenta mis deseos, creo que nunca he estado tan cachonda… uff, me apetece tocarme… o mejor… ¿por qué no?, qué me toque él…
Me levanto y me tiro al agua de cabeza. En todos los sentidos. A mí también me apetece refrescarme…

Mmmmmm, la diosa dentro de la piscina, mi hermanita del alma nadando sin sujetador, esas tetas que anhelo azotándome la cara, bamboleándose sobre mis labios, ahí, sueltas, en la misma agua que me acoge a mí…

– Te gusta así?- le pregunto. Y mi mano se abre paso a través de su bañador, y alcanza esa pieza codiciada, su pene ya duro…
- Mmmmmmm- ni entiendo lo que dice. Su lengua se acerca a mi cuello, empieza a lamerme, su saliva recorre el lóbulo de mi oreja…
Estamos apoyados a la barandilla. Qué grande está su polla, la siento en la mano… y me mojo al pensar cómo voy a disfrutar comiéndosela… De repente, uno de sus dedos se sitúa en el borde de mi tanga, vamos, adelante, no te quedes parado ahí!, mi coño rezumante está ya más que preparado para recibirlo…
Un relámpago cruza el cielo. Jose me toca las tetas, al principio con timidez, después empieza a soltarse. Mi otra mano busca su culo, qué trasero tan bien puesto… mis pezones se levantan… creo que está lloviendo… dentro de la casa, mi padre, que se ha despertado de su siesta, le dice algo a David, el pequeño, que tiene cuatro añitos…

Continúo tocando a mi hermano, no sé dónde, pero sé que vamos a follar. Jose tiene una cara… parece estar en éxtasis… ¿qué pensaría él si supiera que también deseo a nuestro padre?…
Es una de las pocas cosas que no le he confesado a mi hermano del alma, casi mi gemelo…

CONTINUARÁ.

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