Rosas
Le dolía.
Mucho.
Allí, tumbada en aquel cuarto escaso en luz, acompañada por aquel joven al que apenas conocía, Claudia se sentía mal. El dolor se le antojaba insoportable. Estaba mareada, y le temblaban las piernas. Había leído sobre el tema en las revistas y en internet, y en todas partes definían las molestias como “un pequeño pinchacito”. Para ella era una tortura, algo realmente insoportable. El chico, además, ayudaba bastante poco, era muy seco, y parco en palabras.
Al final tendría que darle la razón a su madre: seguro que aún era muy joven para hacerlo.
Pero, a sus catorce años, Claudia se creía mayor. Si las amigas ya lo habían hecho ella no iba a ser menos. No quería ser la única que todavía no. Y allí estaba, en compañía de un tipo que le doblaba la edad y que apenas le inspiraba confianza. Marta, su íntima amiga, le había aconsejado que se lo hiciera con alguien del que poder estar segura, pero Claudia, en su afán por sacarse aquel tema de encima cuanto antes, había escogido al primero que había encontrado. La verdad es que no había sido demasiado exigente.
- Te mueves demasiado- gruñó el muchacho.
- ¿ Y eso es malo?. – quiso saber ella.
Sólo le apetecía que el acto acabara lo antes posible y regresar a casa. Tumbarse en la cama y relajarse, se notaba tensa, le dolían todos los músculos del cuerpo.
- Depende.
Claudia era una niña muy mona. Su cuerpo esbelto y sus ojos azules la convertían en una de las más deseadas del colegio. Casi siempre vestía con falditas, que dejaban al descubierto sus bien torneadas piernas, y peinaba su larga melena rubia en trenzas o complicadas coletas. Lucía un estilo muy moderno y desenfadado, y era también una chica muy simpática.
- ¿Es la primera vez?.
- Sí, ya te lo he dicho.
- No pretenderás que recuerde todo lo que oigo al día. Ya se te nota… Estás muy nerviosa. relájate, si no te relajas te dolerá.
- Ya me está doliendo. Mucho.
- No me extraña. Estás en tensión. No pasa nada, esto es normal, todas las personas pasan por esto.
- ¿Todas?.
- Casi todas.
Claudia trató de serenarse. respiró profundamente. Se concentró en el chico, que se movía arriba y abajo. Tampoco era tan feo como al principio había pensado. El culo no lo tenía nada mal. Y esa mirada arrogante le confería cierto atractivo…
- Ay, tío, cuidado. Me has hecho mucho daño.
- Qué delicadita eres. Y qué poco aguantas…
- ¿Falta mucho?.
- Un poco. Hablas tanto que me distraes…
- Perdona, no sabía que necesitaras tanta concentración…
La habitación entera daba vueltas, se estaba mareando, le faltaba el aire. Él le ofreció un vaso de agua y ella lo rechazó. Se encontraba fatal. Los escalofríos que le recorrían el cuerpo le impedían dejar de temblar. Quiso llorar, las lágrimas pugnaron por salir, pero le daba vergüenza, qué pensaría aquel tío…
- Creo que paso. ¿Lo dejamos a medias?.
El joven soltó una carcajada.
- Nunca dejes nada a medias, guapa. Es una mala solución. Ya verás, mañana, lo mucho que vas a presumir con tus amigas…
- No sé… Me estoy arrepintiendo de haberlo hecho…
– Ya está. Acabado.
- ¿Has terminado?. No he sentido nada…
- Estabas ahí, entre dormida y desmayada… Mira, incorpórate… Mira qué mono ha quedado…
Claudia, la guapa adolescente, se sentó en la cama, la misma cama en la que había permanecido tumbada más de una hora, y contempló su vientre. Allí, entre el hueso de su cadera y el principio de su monte de Venus, estaba, al fin su tatuaje.
Preciso. Una rosa de colores.
Ya no recordaba el dolor. El tatuaje era precioso.