Se llamaba Juan

Se llamaba Juan, vivía solo, pagaba un alquiler enorme por una buhardilla en el centro de Madrid. De edad imprecisa, tal vez no recordara una vida diferente. Era muy alto, desgarbado, todo brazos y piernas, como si todavía fuera un adolescente en proceso de crecimiento. Tocaba la guitarra, en la calle o en el metro, a veces en el Retiro. No era malo, no aspiraba a ser bueno. Sus ojos verdes lo preguntaban todo, siempre, aunque me temo que casi nunca obtenía las respuestas correctas.
Nos conocimos una tarde de otoño, en un parque. Yo paseaba con mi hija, él se arrastraba por allí, fumando. No recuerdo nuestra primera conversación. Algo que dijo me impactó, qué extraño, porque ahora no consigo acordarme de ninguna de sus palabras. Al día siguiente me acerqué a su casa, me había anotado las señas en una servilleta. Me sorprendió el orden que se respiraba en su espacio, había imaginado algo sórdido, y justamente se trataba de todo lo contrario.
Hicimos el amor. Fue bonito. Y curioso, porque no me refiero a que follamos como locos en el suelo, no, fue una entrega dulce y lenta. Me amó despacio, yo le besé mucho, y en algún momento tuve la sensación de llevar años conociendo a aquel tipo. Después tomamos unas copas, hablamos de mil cosas, y ya no nos volvimos a ver. Yo le intuía, a veces, en la boca del metro, pero, sin saber por qué, me fingía ocupada, y evitaba cruzar mi mirada con la suya.
Murió ayer. Me he enterado esta mañana, cuando me dirigía al trabajo. No sé si estoy triste, no sé… llueve… triste día para morir… ahora, mientras desayuno, he recordado, de pronto, las manos de Juan. Manos de guitarrista.

Deja un comentario

Categorías