Miedo
Cuando Carmen murió, mi padre creyó enloquecer.
Lo de los mensajes vino después. Cuando me lo confesó no supe muy bien qué decirle. Soy su hijo mayor, y siempre he sentido una gran admiración por él. Su comportamiento me asustó.
Resulta que Rocío, la hermana de Carmen, había decidido mantener su teléfono móvil, decía que conservar sus pertenencias la unía a ella, y evitaba que se sintiera tan sola. Rocío, todos lo sabíamos, estaba loca desde hacía bastantes años.
A mi padre le pareció una excelente idea. Así podía enviarle mensajes a Carmen, cuando ella vivía los dos se pasaban horas comunicándose de ese modo. Mi padre, como bailarín, viaja mucho, y no podían verse todo lo que hubieran deseado.
Comenzó a enviarle mensajes.
Primero uno al día… después dos… luego más de diez…
Yo suponía que debía hablar con mi madre de este asunto, ella es muy comprensiva, siempre consintió que en la vida de mi padre hubiera dos mujeres, pero no me atreví a hacerlo. No sé por qué, imagino que trataba de protegerla, o de evitarle una preocupación.
Una noche, en la playa, mi padre fumando como siempre, estábamos los dos disfrutando del silencio, de la brisa, y de la compañía… A mí me fascinaba pasarme las horas con él, escuchar sus historias, aprender de sus palabras… En aquella ocasión estaba nostálgico…
Sacó el móvil, su perfecto Nokia N90, del bolsillo, y empezó a escribir…
Le he dicho lo mucho que la quiero, me dijo al terminar.
Un pitido nos sobresaltó. Mi padre leyó el mensaje y sonrió, emocionado. Me lo mostró para que yo también lo leyera. Carmen también le enviaba todo su amor, y se despedía con miles de besos intensos. Yo sentí un escalofrío. Mi padre se fue a nadar…