‘Cuentos infantiles’
La luna y los sueños
La Luna estaba muy triste. Su carita de plata reflejaba tristeza, y sus ojos azules habían perdido su brillo. El Río la miró, preocupado. Y el Grillo la observó, triste. Y el Pino la contempló, atento.
La noche era tranquila y serena, no hacía frío, y apenas se escuchaban ruidos.
- Qué te pasa, Luna?.- preguntó la Roca, tan sensata como siempre, con su voz dulce y suave.
- Nada.- dijo la Luna, y sus mejillas preciosas se pusieron coloradas.
Qué vergüenza que le preguntaran eso… la Luna era muy tímida. No le gustaba nada llamar la atención.
- Sí que te pasa algo, guapa…- comentó una Hoja de Roble, escandalosa y feliz.- No es normal verte así, tan apagada, tan tristona…
- Bueno, es verdad. Estoy un poquito disgustada.
Un reloj lejano lanzó al aire cinco campanadas. La madrugada empezaba a acercarse al amanecer, detrás de las colinas ya se adivinaba un pequeño rastro de claridad.
Volvía, otra vez, la luz.
- Por qué, muchacha?.- quiso saber la Nube.- Qué motivos tienes, tan bonita cómo eres, para estar así?.
- Los niños no juegan conmigo.- repuso la Luna, en voz baja.
Ya sabéis que era muy vergonzosa…
Por un minuto nadie dijo nada. Se hizo un silencio absoluto. Una lágrima rodó por la fría cara de la Luna, que ya se arrepentía de haber contado su secreto.
Después… habló la Piedra, con alegría.
- Pero… Luna, estás triste por eso?, eso no es así. Estás confundida.
- No lo estoy.- protestó la Luna, haciendo un puchero.- Es la verdad. A todos los niños les gusta el Sol, siempre lo pintan en sus dibujos infantiles, muy grande, muy bonito, todo amarillo y naranja, con muchos rayos.
Nadie dijo nada. La Luna tenía razón.
- Cualquier niño y cualquier niña- continuó ella, a punto de llorar- está contento con el Sol. Puede jugar al aire libre, comer helados, no necesita abrigo ni guantes…
- Tampoco les molestan tantos los guantes a los niños.- dijo el Viento, que se acababa de levantar.- A veces juegan fuera muy abrigados y lo pasan muy bien.
- Claro que sí.- admitió la Luna, llorosa.- Porque se divierten con los soplidos tuyos, Viento, que eres muy divertido. Y con las Hojas que vuelan. Y con la Nieve, y con los Charcos. Sin embargo, ninguno juega conmigo. A los niños no les gusto.
- Venga, Luna…- añadió el Grillo, sin saber qué más decir.
El Cielo empezaba a clarear. Llegaba el Día…
- No seas tonta.- dijo el Río.- Ven, acércate a mí.
La Luna se acercó, nerviosa, y su bella imagen plateada se reflejó en las aguas cristalinas del Río. Todo era muy bonito…
- Tú, Luna, – continuó hablando el Río- eres la más afortunada de todos. Tú tienes la suerte, junto a las Estrellas, de estar en los sueños de los niños. Cuando se van a dormir, para no tener miedo, quieren que estés tú, y que les sonrías desde el Cielo. Te consideran especial. Tú les proteges en la oscuridad de la Noche, por eso te buscan, Luna.
De repente todos aplaudieron. El Río tenía razón. Y la Luna sonrió, contenta, y se prometió a sí misma hacer felices a todos los niños de la Tierra.
Y es, por eso, que la Luna siempre vigila los sueños de los niños…