‘Textos sugerentes (+18)’
Sexo y fruta
Cogí el plátano, era enorme, una gran fruta amarilla, tersa y dura. Estábamos desnudos, los dos, tumbados en el suelo del salón, jadeando como animales, sudorosos, enviándonos el uno al otro miradas llenas de deseo. Se trataba de una entrega salvaje, muy pasional, sexo duro instintivo y primario.
Él respiraba con dificultad, gemía, sus cabellos castaños, alborotados, se perdían en las profundidades de mi cuello, soplaba en mi nuca, y me besaba con furia el lóbulo de la oreja. Agarré bien aquella tremenda banana, me la llevé a la boca, mmmm, qué sabor tan bueno!, mordí un poquito y, mientras degustaba aquella delicia, conduje tan hermosa pieza al culo de él.
Sonrió al comprobar mis intenciones… y me pellizcó un pezón.
El plátano entró en el tímido orifico anal. Lo empujé, era turgente, y conseguí que se adentrara un poquito más en aquel agujerito virgen, en aquel reducto que nunca hasta la fecha había sido profanado. Él se excitó, le agradaba mi travesura, enterró su dedo índice en las humedades de mi vagina y, atendiendo a mi petición suplicante ( y llena de susurros ), me obsequió con una fresa. Mis dientes arrancaron un pedacito de aquella carne tan jugosa y tan roja, el resto de la fruta él lo deslizó por mi vientre, el hueso de mi cadera, mi monte de Venus…
Lo condujo hasta mi coñito, que lo recibió complacido, lo introdujo allí, y dibujó movimientos circulares con aquel fresón dentro de mi concha, que rezumaba jugos y zumos. Cuando la sacó de mis intimidades, la fresa chorreaba, estaba mojaba, impregnada de todos los líquidos que mi excitación producía en mí, y él sonrió, me acarició el pelo, y me metió aquel regalo frutal en la boca.
Comí con ganas, mientras él jugaba a colocar pedazos de melón y mango, muy fríos, sobre mi piel morena. Encima de mis tetas, a la altura de mi ombligo, en la cara interna de mis muslos, sobre mis rodillas. Mi cuerpo bronceado se cubrió de trocitos de color verde y trocitos de color anaranjado, melón y mango sobre mis curvas femeninas… después su lengua… lametones calientes… baños de saliva… toda la hombría de mi amigo lamiendo cada uno de mis recovecos de mujer.
Me enardecí, estaba como una perra, su boca comiéndose la fruta que reposaba en mis pies me puso a mil, mis flujos vaginales descendían por mis piernas tersas, y bien tostadas por el sol, y deseé que él me follara, que me tomara por detrás y que me clavara la polla hasta el fondo, lo quería muy dentro de mí, anhelaba una embestida brutal que calmara mi sed y mi hambre.
Él me tiró de la melena hacia atrás, con brusquedad, y me propinó una palmada en las nalgas mientras dejaba que un gajo de naranja se deslizara por los pliegues de mi coño…
Fue entonces cuando cambié de idea… me apetecía otra cosa… atrapé con mi boca golosa el pedazo de piña que él me ofrecía mientras repté unos centímetros, y alargué el brazo para rescatar el objeto que estaba buscando, al que poco antes él había enviado, de una patada, a una esquina debajo de la mesa. Se rió, con sus carcajadas sonoras, y hundió sus dedos en esa cueva húmeda y pegajosa que yo lucía entre las piernas, me contempló con placer mientras yo aparecía de nuevo en su ángulo de visión con un vibrador entre los dientes.
Trató de quitármelo de las manos, con un gesto pícaro, y yo se lo impedí. Di un mordisco a lo que quedaba de plátano, de ese plátano que había perforado su hueco trasero, y le ordené que cambiara la posición. La postura que le mandé adoptar me permitía hacer lo que estaba deseando. Hacérselo con el dildo… Él jadeó, gimió un poco, algo asustado… y después se relajó. Se trataba de un juguete bastante pequeño, que empezó a entrar, despacio, en la oscuridad de su culito inexplorado. Su polla aumentó de tamaño, le regalé un beso, y continué empujando el vibrador. Sus carnes se abrían, y sus dedos, nerviosos, retorcían mis pezones, ya muy erectos.
Y así, saboreando el plátano, seguimos pasando la tarde. Nuestra piel sabía a sal, sudorosa, nuestros cuerpos bronceados resplandecían, sensuales, mi coñito húmedo se exhibía como una flor, y el dildo, bien guiado por mi mano, proseguía su camino, una sugerente exploración de unos terrenos, difíciles, que poco a poco dejaban de ofrecer resistencia.
Sexo y chocolate
Llegué a Madrid, tras dos meses de sol y playa, morena y cansada. Mientras recogía las maletas, en el aeropuerto, un mensaje de Juan me animó el regreso, me invitaba a acudir a su domicilio. Juan me excitaba un montón… sus ojos oscuros, sus manos grandes, un pene largo y hábil… una imaginación perversa para jugar a juegos de adultos…
Fui a su casa vestida con una falda blanca muy corta, que dejaba al descubierto mis más que bronceadas piernas, y con una camiseta rosa, una con un escote bastante pronunciado, que le sienta muy bien a mis tetas, no demasiado grandes. Por debajo llevaba un sujetador color hueso de La Perla, me encanta la lencería de esa marca, pero más abajo… no me puse nada. Mi coño depilado, y un poquito tostado debido a mis días en arenales nudistas, lucía esplendoroso bajo la faldita, agradecido de recibir la brisa fresca de la noche de septiembre.
Juan me recibió con un beso apasionado, su lengua, su modo de succionar… aquellos labios varoniles comiéndose los míos, qué caliente me estaba poniendo, aplastada contra la pared de su piso sentí cómo la humedad empezaba a inundarme, y le susurré al oído que me follara allí mismo. Estaba ardiente, me enloquecía sentir su rítmica respiración en mi cuerpo, me encantaba su olor, deseaba ya su polla traviesa en las profundidades de mi vagina.
Juan me dijo que iba a tener que esperar. Me condujo al dormitorio mientras se interesaba por el paradero de mi tanga. Está aquí, repuse, y le entregué una pieza diminuta, casi transparente, que llevaba en el bolso. La cogió con delicadeza, se la llevó a la boca y, una vez la hubo saboreado, la pasó de su boca a la mía. Me comí mis propios néctares complacida, mientras él me jaleaba, y descubrí entusiasmada que íbamos a jugar a algo interesante.
Así fue: Juan me vendó los ojos con un pañuelo muy suave, y ató mis muñecas a los barrotes de la cama. Qué bien… no podía imaginar un final de vacaciones mejor, mi cuerpo se relajó, mmmmmm, toda mi piel requería ya caricias, lametones, mordiscos, saliva, dientes… lo quería todo, lo quería ya. Intuí que Juan se estaba desnudando, yo seguía con la ropa puesta, y me puse a fantasear con las maravillas de su cuerpo, cómo me gusta su perfecto pene, ese culo tan firme, sus piernas fuertes como robles… qué bueno está. Él, que debía estar observando los gestos de complacencia que sin duda mi rostro ofrecía, me toqueteó las caderas con sus dedos largos, y después pasó la polla por mi cara. Mmmmm, qué rico, saqué la lengua y le regalé una lamida, quiero mamártela, dije, pero Juan contestó que no.
Me metió un bombón en la boca, sabe perfectamente que me fascina el chocolate, un delicioso cuadrado de cacao negro muy amargo con pepitas de café, y se dispuso a acariciar mis pies con una pluma. Mmmmm, era una sensación irresistible, aquel cosquilleo… y el chocolate deshaciéndose dentro de mí, de repente la pluma se posó en mi orificio vaginal, mmmmmmm, qué penetración tan grata… pero no… no me la introdujo, continuó deslizándola a través de mi cuerpo, por el cuello, sobre las rodillas, una parada en los labios vaginales, otro recorrido hacia las orejas, de nuevo un descenso, con breve acampada en los pezones. Unos pezones que, muy despiertos, se insinuaban bajo la camiseta.
La orden era que yo no me corriera, pero me costaba mucho no hacerlo. Olía a sexo desatado en la habitación, y Juan me alimentó con otra chocolatina, esta con crema de menta, mientras sus fuertes manos me liberaban de la falda, y su lengua aplicaba masajes circulares a la cara interna de mis muslos. Mmmmmmmmmmmmmm, le deseé muy dentro, esa lengua bien perdida en el interior de mi concha, y me moví de forma que pudiera alcanzar mi objetivo, pero él castigó mi atrevimiento con una patadita en la pierna. Vale, decidí que él mandaba, y me concentré en gozar de lo que me ofrecía. Otro pedazo de chocolate, una perla rellena de almendra, y besos salvajes en la planicie de mi vientre. Una nueva tortura, me encontraba totalmente sudada, y mi coño palpitante me amenazaba con llegar al orgasmo.
Juan decía que no, no podía correrme, y empezó a follarme con sus dedos. Entraban y salían de mi gruta húmeda y pegajosa con una pericia digna de asombro, era un baile incesante de entradas y salidas, dedos y más dedos, al principio entraban de uno en uno, llegó un momento en el que cobijaba cuatro en mi interior. Joder, pensé, méteme tu estupenda banana, lo estoy deseando, pero él no lo hizo, continuó penetrándome con los dedos, más tarde me introdujo un bombón.
Lo sacó, bien impregnado de mis zumos, y se lo comió. Me metió entonces un instrumento puntiagudo, ignoro qué era, y se afanó por moverlo más y más rápido, con un ritmo irresistible que provocaba en mí jadeos totalmente animales.
Me corrí.
Fue un estallido sonoro, salvaje, brutal, primitivo, me vacié y grité, mi cuerpo se convulsionó por los espasmos, una corriente de placer me recorrió la piel. Qué gusto, había sido divino… Juan me acarició la melena, me regañó por haber desobedecido sus exigencias, y me informó de mis nuevas obligaciones. Debía hacerle una mamada, y permitir que se corriera en mi cara.
Mmmmmm, me encantó la idea, me comí una lengua de chocolate con naranja antes de llevarme su hermoso pene a la boca. Me fascinaba chupárselo, y mucho más sentir cómo su leche se estrellaba contra mi rostro, en mis pestañas, en mis labios… ya me ponía a mil con sólo imaginarlo…
TÚ Y TUS VAQUEROS.
Ese vaquero que llevas, malvado y perverso, hace de mí una mujer avariciosa, guarra, eternamente húmeda. Te miro, caminas arrogante por la sala, tan guapo, y tan alto… Y tu vaquero, tan azul y tan hermoso, viste tu cuerpo con elegancia, se ciñe a tu culo potente, recubre tus carnes con su textura moderna.
Ese vaquero que marca un paquete inmenso, afortunado él por estar tan cerca de tus partes nobles, es ciertamente culpable. Culpable y responsable de mis olvidos, de mi excitación, del lago de charcos pegajosos en los que se ha convertido mi tanga morado, del calor intenso que me abrasa, de mis despistes. Es, tu vaquero, culpable del hambre que tengo de ti.
Ese vaquero que tan bien te sienta es ahora mi objeto de deseo. Ambiciono tu vaquero, quiero arrancártelo con los dientes, sentir en la boca el sabor de ese tejido áspero, también el sabor de tu piel lustrosa, deseo verte sin el vaquero, deleitarme en la contemplación caprichosa de tu pene, tus muslos, tu trasero, tus rodillas…
Me gusta tu vaquero.
Y me encanta cómo tu vaquero recoge y protege todos esos pedazos de ti que tantas ganas tengo de lamer…
BOMBONES
Estamos tumbados en la cama, fuera hace calor, es junio, se oyen niños bañándose en la piscina. Las sábanas, de color marfil, están frescas, me gusta sentirlas bajo mi piel desnuda. Son las seis de la tarde, ni siquiera hemos comido, nos hemos pasado el día entero entregados a la pasión. Hemos follado tres veces, ni sé cuántos orgasmos me han hecho jadear enloquecida, y él se ha corrido dentro de mí, en mi pelo, en mi boca y en mi cara.
Conozco a este hombre desde hace tres semanas, y pienso que son más de mil las veces que le he comido la polla… Se levanta y sale del dormitorio, observo sus movimientos al caminar, es engreído porque se sabe deseable, sus espaldas anchas incitan pensamientos perversos, su culo inexplorado me lleva a imaginar juegos hasta ahora prohibidos. Regresa, y me sonríe con su rostro pícaro, yo le envío un beso muy sonoro. Trae una cajita de bombones en la mano.
Chocolate… me encanta!
Abro la caja, hay cuadraditos oscuros, de chocolate amargo, mi preferido. Triángulos rellenos de nuez. Bolas grandes de chocolate blanco rellenas de licor. Diminutos rectángulos de capuchino, perlitas de almendra bañadas en chocolate con leche, trufas, bombones con champán…
-Ve cogiendo.- propone- Eliges uno, te lo comes, y cumples una de mis órdenes.
-Genial. Sexo y chocolate, me encanta.
Y elijo. Empiezo por un cuadrado muy oscuro que promete delicias amargas de cacao y avellana. Entonces me desvela su capricho, quiere que le deje ordeñar mis tetas. Y eso me excita un montón, es un premio para mí, paladeo la crema exquisita mientras me coloco a cuatro patas sobre él, y deslizo mis pechos sobre su boca. Sus labios carnosos besan mis pezones, saca la lengua, traza con ella círculos a lo largo de mis tetas, las come durante un segundo, succiona como si mamara, y después aprieta, sus manos fuertes aprietan, como si fueran dos tenazas… tira, y tira, estruja mis senos y tira de ellos como si estuviera extrayendo leche de una vaca. Y yo, porque sé que le gusta, dejo de jadear, y empiezo a mugir. Y, en poco tiempo, pierdo por completo el control, y sólo puedo mugir, me olvido de cualquier cosa, y me comporto como un animal, lo que él quiere ver.
Noto cómo se empalma, y una corriente de escalofríos sube y baja por todo mi cuerpo. Tiemblo, de ganas, y él me besa y me invita a comer otro bombón.
-Vale. Este.- señalo, y me decido por una pieza redonda, que huele a café. Y sabe a café, la introduzco despacio en la boca y se deshace dentro de mí, me obsequia con toda esa cafeína que tanto me gusta.
-¿Te gusta?.- dice- Espero que te guste tanto como a mí me va a gustar penetrarte con una zanahoria. Me río. Me hace gracia, lo cierto es que a este tipo le apasiona la comida. Ni hace un mes que nos tratamos y ya me ha metido un pepino, un par de calabacines, un plátano, un aguacate de esos sin hueso que era enano y se perdió dentro de mí, un polo de limón…
Y abro las piernas, mis muslos están pringosos de tanto sexo, y disfruto de sus dedos mientras acaricia mis labios vaginales, los roza apenas, se entretiene con los pliegues de mi concha sedienta de placer, toca aquí y allí, y, sin previo aviso, introduce una zanahoria bastante gruesa en el interior de mi gruta húmeda y ávida. Mmmm, me excita, me excita más la sensación de que me esté haciendo eso que la zanahoria en sí, la verdad es que la zanahoria me resulta bastante sosa. Pero a él le encanta, y la mete y la saca, una vez y otra, muy rápido, ahora dentro y ahora fuera, perfora con ella mis pasadizos del deseo, y se le pone la verga muy dura al ver como mi coño es profanado por una vulgar zanahoria, gime, y le crece el pene, y yo lo disfruto todo encantada.
- Otro bombón.
- A ver…- me lo pienso, todos parecen buenísimos, y escojo una trufa blanca repleta de licor.
- Uy, ese. Ese dice que lo que tienes que hacer es comerme los pies.
Sé que le entusiasma que me arrodille delante de él, le fascina la dominación, y lo hago, estoy desnuda, y mis rodillas puntiagudas reciben el tacto suave de la alfombra, y cojo su pie izquierdo y comienzo a acariciarlo entre mis tetas. El pie está frío, y lo muevo con fuerza entre ellas, y también lo estrujo con los dedos. No sé por qué razón extraña, pero a él le vuelve completamente loco que me coma sus pies, casi tanto como que me coma su polla. Y no le hago aguardar más, meto el pie en la boca, contrasta su frialdad con el calor de mi saliva, lo chupo, separo sus deditos con mi lengua, lamo, y le ofrezco un regalo de lametones y besitos. Mientras, el licor baja ya por mi garganta, y su polla erecta me regala una visión asombrosa. Está a punto de correrse.
Entonces me ruega que me detenga, no quiere que se acabe tan pronto el juego, y yo me paro, y nos reímos, fuera el sol abrasa, tengo mucha hambre, pero no importa, no quiero dejar de experimentar más y más sensaciones placenteras, soy como una planta carnívora, voraz, necesito más y más sexo. Él me acaricia la melena, y se dispone a comerse un bombón.
No digo nada, voy a la cocina, sé que me mira, que se devora mis piernas con los ojos, que le agrada el vaivén de mis caderas, que le gusta verme caminar desnuda. Regreso, contenta, ya tengo lo que quería. Has comido un bombón, le digo, entonces soy yo la que ordena. Y quiero que te tumbes en la cama y que goces con este hielo que voy a meter poco a poco en tu culito.
No quiere. Se niega. Se levanta y dice que va a ducharse, que después salimos a comer algo. Tendría que enfadarme, pero estoy demasiado caliente, me río. Me quedo en la cama, tumbada, y exhausta, el cubito de hielo va a parar a mi coño, heladito… entra, y refresca mis ardores, y después me meto otro. Y, mientras me preparo para meter el tercero, otro pedacito de frescura en mis intimidades húmedas, imagino a ese hombre penetrado por mis dedos, y pienso nuevos juegos para conseguir conquistar sus terrenos vírgenes.
Y sigo comiendo bombones, él se ducha, fuera los niños chapotean en la piscina…
Ropa íntima
Lunes. Siete de la mañana. Llego a tu piso. Duermes. Preparo café mientras te despiertas. Como me pediste, llevo un conjunto de lencería negro. Culotte con encajes y sujetador de tirante ancho. Apareces en la cocina y me arrancas el vestido, un vestidito vaquero muy corto. Me sientas sobre la mesa, cuadrada, y te pajeas delante de mí, tu semen mancha mi preciosa ropa íntima.
Me voy, llego tarde a la oficina.
Martes. Siete y cuarto, tráfico infernal. Gabardina roja fresquita, llueve pero no hace frío. Quizá te enfades, querías tanga rosa sin sujetador, pero he optado por ponérmelo. Mis tetas se encuentran más protegidas dentro de él. Abres la puerta bostezando. Me besas, me empujas contra la pared, me pides que te coma la polla, y me acaricias con tus dedos pícaros ese tanga que tanto te gusta.
Me voy, he quedado con Marta en el gimnasio.
Miércoles, seis de la madrugada. Ni siquiera ha amanecido. Tu mensaje me despierta y, tal como me indicas, vuelo a tu casa. Me he vestido como tú me has ordenado: braguitas blancas, repletas de puntillas, con un diseño muy infantil, y sujetador a juego. Encima, un vestido rojo, ajustadito. Me ofreces café o zumo, pido un té, y me sugieres, ¿es una sugerencia?, que te excite con un baile sensual. Sin quitarme las prendas íntimas, como siempre. Te corres relativamente pronto.
Me voy, tengo una reunión importante.
Jueves, cinco y media de la mañana, qué sueño… Aeropuerto. Viajo a Londres por negocios. Quieres que te envíe unas fotos, así que me dedico a hacer virguerías con el móvil en el cuarto de baño. Tanga azul marino, diminuto, y sostén de media copa, transparente. Ensayo posturitas y tomo fotografías. Cuando me mandas tu mensaje de aprobación, la azafata está recomendando que se apaguen los teléfonos.
Me voy, en Londres está nublado y hay una temperatura de 5ºC.
Viernes. Siete menos cuarto de la mañana. Me estoy duchando para ir a despertarte cuando entra mi novio en el baño. Llevamos una semana enfadados, discutimos por una tontería, y ni uno ni otro nos hemos disculpado. Él sonríe, yo le lanzo un beso. Tú aún estarás dormido… ¿cómo te llamas?, ¿por qué nunca quieres que me quite la ropa interior?, ¿a qué te dedicas?. Mi novio decide ducharse conmigo. En breves segundos estamos comiéndonos la boca. Follamos, ansiosos, en una lenta y apasionada entrega, saciando el hambre que cada uno tenía del otro.
Me voy, hoy desayuno con Isabel.
Ya en el trabajo, decido que lo mío contigo se ha acabado. Borro tu número del móvil, y rechazo tus llamadas. Y esa tarde, soleada y perfecta, regreso a casa dando un paseo, y decido esperar a mi chico tumbada en la cama. Ah, que lo sepas, completamente desnuda.
Sushi
Llegaron los postres. Todos habíamos disfrutado el sushi, los yakitoba y los yakitori, las ensaladas… Pedimos cinco platos diferentes, para compartir tantas delicias entre todos. Alba muy pronto se decidió a empezar por el helado de mango. Jorge cogió un pastel chiquitito, y tú- siempre aventurero- te decantaste por la especialidad típicamente japonesa. Y yo, fiel a mis principios ( e infiel a mi marido, aunque esto no venga a cuento ), opté por la tarta de chocolate.
Metí un bocadito en la boca, y aquel manjar se deshizo dentro de mí, me regaló un baño intenso de sabor a cacao y a menta. Qué placer tan sencillo…Marga comentaba algo del trabajo, el restaurante- que descubríamos de casualidad- era muy mono y coqueto. Fuera llovía, tú te acercabas a tus labios comestibles la cucharita llena de helado de té verde, Paco, mi aburrido y predecible esposo, se quejaba del mal tiempo del mes de abril.
Te miré, me sonreíste, y deseé follarte larga y vorazmente…
Comías pastel de chocolate, ¿ajeno a mis deseos?, y hablabas con unos y con otros. Saqué el pie de mi precioso zapato rosa de Guess, de punta estrecha y tacón alto. Y, protegida por los manteles y por mi posición en la mesa, decidí iniciar un juego perverso. Subí muy lentamente mi pierna, gozando del leve movimiento, excitada sola y con el coño ardiendo. Avancé con sumo cuidado hasta llegar a las cercanías de tu cuerpo divino, y rocé, casi imperceptiblemente, con mi pie desnudo el bulto que exhibías bajo tus vaqueros.
Te agradó la caricia… me miraste… y tu gesto me animó a continuar…
Con los dedos, avaramente, como una viciosa incorregible, apliqué sensuales toqueteos a esas partes de tu persona que tanto ansiaba lamer. Disfruté tus turgencias, gocé cuando te veía tratando de acompasar tu respiración agitada, me mojé con garbo al contemplar tu rostro acalorado. El camarero preguntaba si tomaríamos té o café o infusiones, yo sólo quería tomarte a ti, beberme tu leche a punto de escaparse de tus entrañas, te seguí con la mirada cuando te fuiste al cuarto de baño, quise seguirte, y besarte en algún recoveco escondido, pero Paco me preguntó algo, y después me sonó el móvil, y cuando iba a levantarme tú ya regresabas, satisfecho, con la cara sofocada y el pelo revuelto.
Te deseé entonces más que nunca…
Ya en casa, ya en la cama, Paco introdujo uno de sus torpes dedos en mi vagina, y empezó a moverlo de una forma que no me gustaba nada. Pensé en decírselo, o en cambiar yo el movimiento, pero lo dejé correr. Dentro de dos minutos, lo sabía, pasaría directamente a la penetración, metería su absurda verga en mí, hambrienta de ti, y se colocaría sobre mí gimiendo. Cinco o seis embestidas absurdas, sus jadeos en mi cuello, y yo, mientras, completamente pasiva, me limitaría a esperar su orgasmo recordando tus ojos verdes.
Y, por supuesto, ese pene con el que, supongo, haces virguerías…