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‘Qué erótico (+18)’

Platanito

De repente… perdí la noción del tiempo…
Todo eran sensaciones, escalofríos de placer, corrientes de pasión, sofocos, jadeos y gemidos… una confusión enorme de olores y sabores, sexo en estado animal…
Me encantaba así… sin normas, sin reglas, sin control…
Muy primario.
Vi el plátano, pero pronto me olvidé de él. Braulio me besó, con furia, y mi boca se dejó dominar por la suya, me quedé atrapada, por unos instantes, en una maraña de besos profundos que apenas me permitía respirar.
La cama era un amasijo de sábanas, fluidos y partes del cuerpo desparramadas de cualquier forma…
Él estaba tumbado sobre mí, pero no completamente, y nuestras piernas se enroscaban a veces para ejecutar un baile atrevido. Mi piel ardía…
Fue entonces cuando me penetró…
El plátano…
Era extraño, duro, gelatinoso… Entró en mi coño guiado por la mano de Braulio, y avanzó por mis estrechos corredores resbaladizos. A veces se encontraba con alguna dificultad, le costaba adentrarse en mi concha, pero pronto reanudaba la marcha. Lo sentía frío, en ocasiones algo aspero, y me excitaba su tacto diferente.
Una polla muy frugal…
Disfruté mucho aquella penetración. Braulio resultó un experto maestro para el platanito, lo condujo con energía hacia el lugar que yo esperaba, muy dentro, y me embistió con él. Lo mantuvo dentro de mí unos diez minutos, mientras mis caderas marcaban un ritmo cadencioso que a él le hacía suspirar…
Después, Braulio extrajo el plátano de mi coño, montó a horcajadas sobre mí, y me clavó su erecto y largo pene hasta el fondo, fue como un relámpago la brutal descarga de deseo que experimenté, y siguió follándome salvajemente mientras se comía la banana, enterita, rebosante de todos mis jugos internos…
Llegamos casi juntos al orgasmo… y yo corrí a la cocina a buscar zanahorias y pepinos, empezaba un juego nuevo…

Un bulto dentro de los vaqueros

( Para ti, que envías mensajes cálidos y tienes los ojos oscurísimos…)

“ … porque estoy en vaqueros haciendo la compra y mi bulto ya no pasa por el teléfono móvil…”. Ese es tu último mensaje. Por qué me haces esto?. De repente imagino tu cuerpo bajo una camiseta blanca- me encanta así- y bajo unos tejanos descoloridos, no sé, te visualizo así. Ese mensaje tan ¿caliente?, ¿intenso?, ¿erótico? se supone que es tu respuesta a uno en el que yo te escribo que estoy sentada en mi despacho, aparentemente seria delante del ordenador, con un tanga diminuto que se humedece más y más a cada rato.


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Bar

Nos vimos en un bar y nos deseamos. Él había estado tomando un café con otro chico y, cuando el chico se marchó, permaneció allí, en su mesa, cómodamente sentado, mirándome con la arrogancia del que se sabe atractivo. Yo había quedado con una amiga, que, fiel a su eterna costumbre, llegaba tarde. Clavé mis ojos oscuros en los suyos negros, y de aquella miradas saltaron lenguas de deseo. La tensión sexual se palpaba en el ambiente. Olía a sexo, nuestros cuerpos despedían el aroma de la pasión bestial que nos hace animales.
Deseé reptar, deslizarme por el suelo como una serpiente, llegar hasta él arrastrándome, abrir la cremallera de sus vaqueros desteñidos, y meterme toda su polla en la boca. La imaginaba dura, enorme, tan erecta que pareciera a punto de estallar. También me gustaría que él viniera hacía mí, que introdujera sus dedos en mi escote sin previo aviso, que regalara a mis pezones chiquititos alguna caricia, y que pudiera adivinar que, bajo mi faldita mínima, había un tanga diminuto que se humedecía más y más.


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