Aventuras y desventuras de una estúpida…
… deseando que se concrete todo y mi novela taurina sea llevada al cine, la estúpida se lo merece, je je… Os invito a leer esta historia, es muy divertida!
Sexo en la playa
Conducías tú, y pensabas que poner el coche a 250 estaba bien. Yo, normalmente responsable con el tema de la velocidad, no decía nada. Tú llevabas camiseta blanca y vaqueros, me encantas así, y yo un vestidito muy corto, negro. Y sandalias, empezaba el calor, qué grata la sensación de llevar los pies desnudos. Sonaba música flamenquita, y tú hablabas, tu mirada de azabache se concentraba en la carretera. Llevé mi mano ya morena hacia el bulto que se intuía bajo tus pantalones. Te toqué, y me fascinó aquella dureza turgente. Mmmmmmmm. Me deshice de tus ropas en cuestión de segundos, pronto mis dedos hallaron unos huecos para avanzar y buscar el delicioso pastel. Alcancé tu polla, y la rocé, suavemente…
Gemiste, y tu gemido me transformó en una fiera, me encanta escuchar tus jadeos, nunca podrás saber cómo me ponen… Agarré ese pedazo de ti que tantos placeres me provoca, y te obsequié con caricias, apretones, subí la mano y la bajé, volví a subirla, te pajeaba despacio, sin prisas, el camino se iba acortando, era un día soleado y bonito, y tu pene, enhiesto, crecía, y respondía galante a mis toquecitos. Quise comerte ese juguete tan grande, ya sabes que a mí me fascina meterme tu polla en la boca, y busqué la postura más adecuada para practicarte la tan ansiada felación. Pero tú me apartaste con delicadeza, mascullaste algo sobre perder el control del vehículo, y lo entendí, y continué con las manos. Mi posición era incómoda, rara, y me estaba haciendo daño en el cuello, pero no me importaba nada, lo único que deseaba era tu goce, y tus respiraciónentrecortada me indicaba que, en efecto, estabas gozando…
Te corriste tras un rato muy largo. Un chorro de tus jugos cálidos salió de ti, te desprendiste de tu leche como si fueras una fuente láctea, y todo aquel caudal grumoso tan rico se estrelló contra el cristal del coche. Jadeaste, como un animal salvaje, y mi tanga, cuando yo ya creía que no podría humedecerse más, se humedeció más.
Sonreíste, con esa sonrisa que deja al descubierto tu dentadura perfecta. Yo cerré los ojos, permanecimos en silencio unos minutos, y no tardamos mucho en llegar a la playa. Un arenal dorado, de belleza sorprendente. Más lejos, el mar, deshaciéndose contra la orilla, olas de aguas tranquilas, rumorosas, el paraíso bajo nuestros pies. Aunque ya las temperaturas eran altas, todavía era abril, y había estado lloviendo días atrás, tal vez por eso en la playa, a aquellas horas, no había nadie. Dijiste que ese lugar te gustaba mucho, y yo lo admiré, extasiada, y pensé que tanta hermosura a la fuerza tenía que agradar.
Nos miramos, a los dos nos apetecía lo mismo. Conocías una parte muy serena, escondida de miradas indiscretas, y me cogiste de la mano y avanzamos hasta allí, sintiendo en los pies descalzos, la tibieza del arenal de Cádiz. Un segundo bastó. Cuando nos quisimos dar cuenta, estábamos desnudos, yo sobre ti, mi cuerpo delgado cabalgando sobre el tuyo fibroso, mis caderas eligiendo el ritmo, los dos jugando a un mismo juego de idas y venidas. Follamos, salvajes, sucios, una entrega brutal y primitiva, todo movimiento, embestidas y empujes. Sin palabras, tú alguna vez pronunciabas alguna, soez, y yo jadeaba, contraía mi coño para hacértelo más estrecho, y me deleitaba con tus embistes. Mi hendidura empapada se tragaba tu pene poderoso, y todo se hacía rápido, y sensual, y no existía nada. Éramos nosotros, solos, y nuestro polvo de arena y brisa. Yo estaba antes que tú, podría irme ya, pero quería un orgasmo perfecto, y me moví, dejé la mente en blanco y traté de pensar en otra cosa, qué difícil, tracé movimientos circulares con la caderas, me nutrí de tu enorme polla entrando en mí y saliendo de mí, pensé en cosas frías, pero no… eso me recordó al hielo, y a mí me vuelve loca que me lo hagan con hielo, pensé en una pared blanca, tú entrabas y salías, entrabas y salías… yo no podía más, no quería correrme, deseaba esperarte, quise decirte que cambiáramos la postura, yo abajo, arriba cada sensación se multiplicaba por cien… ya no hubo tiempo, empezaste a suspirar, sudabas… y yo me dejé ir, y los dos nos corrimos, fue un estallido volcánico, apreté la carne de tu espalda con mis dedos, y tú me mordiste en el cuello.
Fuimos a comer a un restaurante que conocías, yo sin tanga, porque se me había llenado mi diminuto tanga rosa de humedad y de arena, tú exhibías tu torso divino, y yo andaba como mareada, las piernas, debilitadas por la tensión sexual, apenas me sostenían. Nos sentaron en una mesa junto a la ventana, el mar azul y otra vez azul se confundía con el cielo, y, mientras llegaba la ensalada, decidí que tú no habías tenido bastante, y me dispuse a masturbarte con el pie. Y, mientras lo hacía, tu rostro se contraía en un gesto de sorpresa y agrado, y yo te iba hablando de lo que me apetecía hacer por la tarde. Así, te hablé de pedir fruta para que la esparcieras por cualquier rincón de mi cuerpo, deseaba tu lengua deslizándose sobre mi tez, buscando los trozitos de comida… te sugerí que me ordeñaras- como si fuera una vaca-, te propuse un coito en el agua… y tú me escuchabas, tu bulto se hacía mayor, y el camarero nos miraba.
Sabes?, siempre que recuerdo aquel viaje a tan idílica playa me humedezco, y a veces me masturbo evocando aquel día entero que dedicamos únicamente al sexo. Tú acabaste casi desmayado, y yo escocida y absolutamente mareada, pero fue genial.
Todo, familia, casi gemelos.
TODO.
Quiero lamerte, recorrer tu cuerpo con mi lengua loca, chupar el sabor agridulce de tu piel morena, regalarte surcos de saliva, descubrir en tu cuerpo sendas ocultas donde perder los labios, comerme tu sudor, deslizar mi boca por tus fornidos brazos, por tus trabajadas rodillas, por tu culo.
Me encanta tu culo…
Quiero comértelo, enterito, introducir un dedo en ese agujero que tú conservas virgen, hacer círculos con él en esa cavidad tuya tan inexplorada, sacarlo de ti y olerlo, alimentarme de tu esencia, jugar con mis dientes por esas partes de tu anatomía tan ávidas de caricias…
No muy caro
Otra. Igual que las demás, igual que cualquiera. Todas me miran del mismo modo. Siento cómo sus ojos golosos se nutren de la perfección de mi cuerpo. Me comen con la mirada, se alimentan de mis músculos, sueñan con mis abrazos. Esa, por ejemplo, es rubia y rellenita, nada fea, bien conservada para los casi cincuenta que tendrá. Seguro que tiene hijos de mi edad, un chico de veinte años, probablemente estudiante de Ingeniería, o una niña mona, que andará por Derecho o Económicas.
Lo típico, todas son iguales…
Sonrío, mi sonrisa puede ser un mes de alquiler.
Ella sonríe también, y se embadurna la piel con una de esas cremas caras. Alguien le dice algo, y es así como sé que se llama Coral. Pestañea, puedo notar la humedad de su vagina, intuyo su deseo de mis dedos en lo más hondo de su cavidad. ¿Será volcánica, salvaje como un potrillo desbocado?.
¿O, tal vez, pasiva y sumisa, abandonada a mi buen hacer sexual?. El enigma me excita a mí también.
Aunque siempre es la misma rutina, y me quejo, en el fondo me gusta…
Disfruto del poder que mis ojos y mi cuerpo cien por cien DANONE me otorgan…
Se levanta y se acerca a mí… Contonea las caderas, se cimbrea, observo cómo se aproxima, gozo con las señales que su tez dorada me envía. Como me he puesto las gafas de sol, finjo no reparar en su deliciosa caminata. Contemplo sus muslos, se mantienen firmes (esta mujer frecuenta el gimnasio, quizá con sus amiguitas, todas juntas en la bicicleta compartiendo secretitos y aventuras), recorro con la vista su cintura, todavía agradable. Me pone, esta zorrita me pone…
Vamos…- dice con voz melosa- Podemos subir a mi apartamento.
La piscina empieza a llenarse de gente, es mediodía, el sol calienta ya bastante. La mujer tiene los pezones tiesos, se le marcan bajo su bañador negro. Su dentadura perfecta, de esas que cuestan miles de euros, me lanza destellos risueños. Se sabe segura de sí misma, va directa al grano, no pierde el tiempo.
Son quinientos euros.- repuse. No quería que después hubiera malos entendidos.
Aquella guarrita viciosa soltó una carcajada. Muy sonora, muy femenina.
¿Tanto?.
Ya verás cómo no te arrepientes.
Masculló algo, un “más te vale” o algo similar, y nos dirigimos, ansiosos, a su piso. Mi pene se iba endureciendo, ante la perspectiva de meterla en caliente. Ella, acalorada, sin duda pensaba en lo mucho que iba a fardar con sus amigas.
En el campo (entre pajas y pajitas)
Me aburría. En el campo, a una hora de Sevilla, con faldita blanca muy corta y camiseta morada de tirante fino. Tanga diminuto y breve sujetador, ambos negros. Un amigo me había pedido que le acompañara a esa finca, quería cerrar unos tratos. El viaje en coche había sido divertido. Él había deslizado uno de sus largos dedos por la suave curvatura de mis muslos, y me había mantenido excitada acercándolo y alejándolo de mi zona íntima. No llegó a penetrarme con él, pero mi imaginación hizo lo que no hizo su mano, con aquella tenue caricia de su índice logré unas humedades muy sabrosas. Yo, por mi parte, le había hecho una mamada mientras su Mercedes SL 200 se desplazaba a casi doscientos por hora.
Y ahora el campo. Mientras Jose cerraba sus tratos para mí se abría un mundo lleno de posibilidades. Daba un paseo?. Iba a ver los animales?. Me lo montaba con el chavalín adolescente que se había quedado extasiado admirando mis piernas?. Me ponía a leer?. Me masturbaba en un rincón?… Opté por la siempre socorrida idea de dar una vuelta. Empecé a caminar sin rumbo, disfrutando del calor del sol sobre mi piel ya morena. Unos gemidos captaron mi atención… Parecía no ser la única que estaba excitada en aquella parte perdida del mundo. Me dirigí al lugar del que se escapaban los grititos de placer.
Se trataba de una especie de granero. Anduve, sigilosa, hasta que presencié la escena, entonces me acurruqué en una esquina, y me dispuse a contemplar. Soy morbosa, y me agrada utilizar todos mis sentidos. Eran dos chicas. Una yacía sobre la otra. La que estaba tumbada sobre las pajas, tan delgada como un junco, aprisionaba a la otra rodeándole el cuello con sus infinitas piernas. Las dos eran rubias, la que cabalgaba más que la otra. Jadeaban, exhaustas, y sus tersos cuerpos subían y bajaban al compás. Era una escena bella, rítmica. Sus dos coñitos se frotaban, las dos se movían en un baile circular que, a juzgar por sus respiraciones, debía estar satisfaciéndolas mucho, a mí aquel espectáculo me resultaba divino. Allí, agachada, yo misma procedí a calmar mi desazón, y dos de mis dedos se perdieron en el interior de mi gruta, ya mojada y palpitante. Creo que alcancé el orgasmo al mismo tiempo que las chicas, qué curioso, algo más propio de las películas que de la vida real. Ellas me descubrieron entonces, una se incorporó buscando algo para limpiarse y me vio, la otra sonrió con dulzura y me hizo un gesto para que me acercara. Lo hice, contoneándome, algo tímida, y la más alta me cogió de la mano y me besó con furia en la boca. La otra, con rostro de niña, se puso de rodillas y se perdió dentro de mi tanga. Mmmmmmmmmm… qué delicia, aquella chiquilla era una experta en las artes lametorias. Quise hacer algo, traté de acariciar a una, de tocar a la otra, pero las dos me lo impidieron. Se mantuvieron así durante unos diez minutos, una comiéndose mi boca, succionando mi lengua, destrozando mis labios de tanto morderlos… la otra alimentándose de todo lo que mis partes bajas le ofrecían. Fue estupendo, experimenté varias sacudidas de placer, sentí cómo mi cuerpo se contraía en un escalofrío orgiástico, y ellas no se detuvieron hasta que mi respiración dejó de agitarse. Me dijeron que se llamaban Blanca y Ana, me ayudaron a recomponerme las ropas y me pidieron que me fuera. Así lo hice, con el coño henchido de gozo.
Continué mi paseo, esa ración inesperada de sexo me había agotado, notaba las piernas temblorosas, quería sentarme un rato, y necesitaba beber algo. Me crucé, al poco rato, con un joven. Alto, atractivo, fuerte, con unos impresionantes ojos negros. Nos miramos. Me ofreció una sonrisa y yo le pregunté dónde podría beber agua.
- Tiene que ser agua?.
- No. No necesariamente. Lo que pasa es que me muero de sed.
- Ven. Creo que puedo ayudarte.
Le seguí. Mi yo lascivo y mi mente viciosa no pudieron evitar fijarse en su culo. Bajo sus vaqueros, su trasero se revelaba redondo, firme, apetecible. El chico estaba realmente bien. Le imaginé desnudo, decidí ir más lejos y le imaginé entrando en mí con un pene que, no sé por qué, supuse grande y juguetón.
- Aquí.-dijo.
Señalaba una especie de casucha abandonada. Allí iba a encontrar agua o algo que calmara mi sed?. De repente, cuando sentí su bravura empujándome, con elegancia, lo entendí. Ja ja, vaya día, qué completito. El joven me indicó que me arrodillara, sin hablar y por medio de gestos fue diciéndome lo que deseaba. En un minuto me encontré con su polla en mi boca, y sí, era grande. Unos veinte centímetros de lustrosa y joven carne dentro de mi boquita, casi me ahogaba, a él le gustaba empujar, me empujaba la cabeza, y aquella verga llegaba a mi garganta. La rodeé con la lengua, la chupé,la exprimí… es algo que me fascina… minutos de jadeos entrecortados y hierbas clavándose en mis rodillas, hasta que el joven de nombre desconocido se corrió dentro de mí. Me lo tragué todo, toda su leche calentita me inundó, salía a borbotones, y yo me la bebía. Toda.
- Ya no tendrás sed.- comentó antes de irse.
Pero, lo cierto, es que sí la tenía. Me encontraba mucho más sedienta que antes. Me dolían las rodillas, estaba excitada, me apetecía echar un polvo, tenía el tanga tan húmedo que chorreaba, y me encontraba perdida en mitad de la nada. Mi faldita se levantaba, con un vientecillo suave que se había despertado de pronto… A lo lejos vi a unos caballos. Me encaminé allí, seguro que había alguien. Dónde andaría mi amigo?. Mientras andaba, como en un sueño, y contemplaba a los caballos, ya cercanos, una idea perversa se apoderó de mí… Empecé a darle forma, mientras me fijaba en el único caballo negro del grupo, tan brillante, tan bonito…
CONTINUARÁ.
Tríos
Eran tres, y las tres estaban buenas. Regresé al gimnasio porque creí haber olvidado las llaves, y me acerqué a los aseos de las chicas atraído por aquellos gemidos. Una gemía muy quedo, suave, en voz baja. Otra emitía sonidos salvajes, casi animales, atronaban. Y la tercera jadeaba, sin más, una respiración fuerte producto de la excitación.
Estaban de pie, dos desnudas; la otra con un tanguita rosa que le sentaba estupendamente. Y se tocaban. No hablaban, sólo producían gemidos enloquecedores, y no paraban ni un segundo de tocarse. Sé que una tenía el pelo muy largo, rubio, y que otra me ofrecía la visión de un culo perfecto, respingón, de nalgas prietas y redondas, tan bonito que lamenté no tener el valor suficiente para entrar allí y meterle la polla hasta el fondo.
Me agazapé como pude en un recoveco, dispuesto a disfrutar de aquel espectáculo inesperado. Tampoco veía muy bien. El vapor me atontaba, y, si buscaba una posición mejor, ellas se darían cuenta de mi presencia. Intuía muchas cosas, otras ocurrían de verdad, mi mente calenturienta y los deseos de mi polla se atragantaban con aquella explosión de sensaciones. Un dedo entraba en un coñito húmedo, una uña resbalaba por una pierna interminable, dos bocas se buscaban con pasión, y se fundían en un beso eterno. Una mano manoseaba unos pechos pequeños, con pezones oscuros que otros dedos retorcían, unas caderas se mecían al ritmo que marcaba el deseo, y una lengua recorría un pedazo de piel sudorosa que podía ser un abdomen.
Y de repente el mundo entero se convirtió en una sucesión de deditos con anillos entrando en agujeros de culitos nunca profanados, aullidos de excitación, clítoris vibrantes que pedían a gritos una buena ración de caricias, tetas que se acercaban a bocas ansiosas por comerlas, labios carnosos que lamían cuellos tensos por el deseo.
Y todo se desvaneció. Me hice una paja. Bestial, rápida, desasosegaga.
Y mi esperma se estrelló contra el mismo suelo en el que ellas daban y recibían.
Desde aquella tarde, las busco a diario en el gimnasio. Aunque nunca me atrevo a decirle nada a la única a la que soy capaz de reconocer.
Creo que ella sabe que yo sé.
Platanito
De repente… perdí la noción del tiempo…
Todo eran sensaciones, escalofríos de placer, corrientes de pasión, sofocos, jadeos y gemidos… una confusión enorme de olores y sabores, sexo en estado animal…
Me encantaba así… sin normas, sin reglas, sin control…
Muy primario.
Vi el plátano, pero pronto me olvidé de él. Braulio me besó, con furia, y mi boca se dejó dominar por la suya, me quedé atrapada, por unos instantes, en una maraña de besos profundos que apenas me permitía respirar.
La cama era un amasijo de sábanas, fluidos y partes del cuerpo desparramadas de cualquier forma…
Él estaba tumbado sobre mí, pero no completamente, y nuestras piernas se enroscaban a veces para ejecutar un baile atrevido. Mi piel ardía…
Fue entonces cuando me penetró…
El plátano…
Era extraño, duro, gelatinoso… Entró en mi coño guiado por la mano de Braulio, y avanzó por mis estrechos corredores resbaladizos. A veces se encontraba con alguna dificultad, le costaba adentrarse en mi concha, pero pronto reanudaba la marcha. Lo sentía frío, en ocasiones algo aspero, y me excitaba su tacto diferente.
Una polla muy frugal…
Disfruté mucho aquella penetración. Braulio resultó un experto maestro para el platanito, lo condujo con energía hacia el lugar que yo esperaba, muy dentro, y me embistió con él. Lo mantuvo dentro de mí unos diez minutos, mientras mis caderas marcaban un ritmo cadencioso que a él le hacía suspirar…
Después, Braulio extrajo el plátano de mi coño, montó a horcajadas sobre mí, y me clavó su erecto y largo pene hasta el fondo, fue como un relámpago la brutal descarga de deseo que experimenté, y siguió follándome salvajemente mientras se comía la banana, enterita, rebosante de todos mis jugos internos…
Llegamos casi juntos al orgasmo… y yo corrí a la cocina a buscar zanahorias y pepinos, empezaba un juego nuevo…
Un bulto dentro de los vaqueros
( Para ti, que envías mensajes cálidos y tienes los ojos oscurísimos…)
“ … porque estoy en vaqueros haciendo la compra y mi bulto ya no pasa por el teléfono móvil…”. Ese es tu último mensaje. Por qué me haces esto?. De repente imagino tu cuerpo bajo una camiseta blanca- me encanta así- y bajo unos tejanos descoloridos, no sé, te visualizo así. Ese mensaje tan ¿caliente?, ¿intenso?, ¿erótico? se supone que es tu respuesta a uno en el que yo te escribo que estoy sentada en mi despacho, aparentemente seria delante del ordenador, con un tanga diminuto que se humedece más y más a cada rato.
Bar
Nos vimos en un bar y nos deseamos. Él había estado tomando un café con otro chico y, cuando el chico se marchó, permaneció allí, en su mesa, cómodamente sentado, mirándome con la arrogancia del que se sabe atractivo. Yo había quedado con una amiga, que, fiel a su eterna costumbre, llegaba tarde. Clavé mis ojos oscuros en los suyos negros, y de aquella miradas saltaron lenguas de deseo. La tensión sexual se palpaba en el ambiente. Olía a sexo, nuestros cuerpos despedían el aroma de la pasión bestial que nos hace animales.
Deseé reptar, deslizarme por el suelo como una serpiente, llegar hasta él arrastrándome, abrir la cremallera de sus vaqueros desteñidos, y meterme toda su polla en la boca. La imaginaba dura, enorme, tan erecta que pareciera a punto de estallar. También me gustaría que él viniera hacía mí, que introdujera sus dedos en mi escote sin previo aviso, que regalara a mis pezones chiquititos alguna caricia, y que pudiera adivinar que, bajo mi faldita mínima, había un tanga diminuto que se humedecía más y más.
