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‘Muy juvenil’

NIÑO Y HOMBRE

Y creyó escuchar, en su duermevela, el eco último de los aplausos. Y soñó otra vez los rostros satisfechos de la gente, la dulzura de las caras femeninas, el gesto de agrado de los hombres, la sonrisa pícara de las muchachas.
Y se enfrentó otra vez al toro, al primero de su lote, aquel toro cuya mirada le había traspasado las entrañas. Y se midió con él, y estudió sus movimientos, y al final le cortó dos orejas. Y se sentó de nuevo en la furgoneta, y disfrutó de la palmada en el hombro que le ofreció su mozo de espadas, y conversó nervioso y tímido con su cuadrilla, y llegó al hotel, y otra vez fue aplaudido, y en el ascensor lo besó una anciana entusiasmada. Y ahora se enfrenta al sueño. Reza, cristiano de fe, y agradece en silencio las enseñanzas de su padre, torero retirado. Y bosteza, se rasca un grano, chiquillo al fin, son sólo dieciocho años escasos. En la mesilla, una novela juvenil y una PlayStation. Adolescente en el dormitorio y hombre en la plaza.
Y se duerme, al fin, satisfecho, superada con éxito su primera tarde como matador.

Fan (s)

Lucía y yo, ¿éramos?, ¿somos?, amigas desde la infancia. Nos conocimos en el colegio cuando las dos teníamos cuatro años. Ahora tenemos diecisiete. Yo la recuerdo a ella perfectamente, recuerdo a mi padre acompañándome hasta el aula, su cálida mano ofreciéndome confianza… y las trenzas de Lucía. Yo empecé tarde el curso, había estado enferma, y ella ya estaba allí, muy segura de sí misma, recortando unas figuras. Me cayó bien al momento… y ese recreo ya jugamos juntas.
Durante todo este tiempo, nuestra primera niñez dio paso a la segunda, y casi sin darnos cuenta entramos en la adolescencia. Un buen día cambiamos las Barbies por los sujetadores, todo muy natural. Lucía se convirtió en una chica guapísima. Es muy rubia, muy alta, muy guapa. Siempre liga ella mucho más que yo, pero a mí eso nunca me había importado.
Sí, hablo en pasado…
Hasta hace una semana éramos Lucía y yo. Siempre Lucía y Carmen.

A veces las cosas cambian en un segundo…
Lucía y yo somos fans de AZULES PERO VERDES desde que nació el grupo. Nos sabemos a la perfección todas sus canciones. Hasta la fecha, esa fecha fatídica que desencadenó esta absurda situación, nunca habíamos ido a un concierto de esos chicos andaluces con aspecto de macarrillas. Nunca venían a actuar a Palencia, y nuestros padres no nos permitían desplazarnos a Madrid, Barcelona o cualquier lugar donde ellos fueran. A las dos nos encanta Dani, el cantante. Sus ojos, su boca, esa cara de niño malo, ese culito… Tanto ella como yo tenemos el dormitorio lleno de fotos suyas, y las carpetas absolutamente forradas con imágenes de él que recortamos de las revistas. Dani era, para nosotras, un sueño. Ese deseo inalcanzable que hace que la vida sea más divertida…
Dani es de nuestra edad… pero todo en él le hace parecer mayor… la experiencia que le ha dado el mundo de la música, ese cuerpo tan varonil, las letras de sus temas, es el más joven del grupo, y pasaría por el más adulto.
La semana pasada AZULES PERO VERDES actuó en nuestra ciudad. Desde hacía más de un mes, Lucía y yo apenas hablábamos de otra cosa. Qué nos pondríamos, cómo llevaríamos el pelo, qué tipo de sonrisa le dedicaríamos a Dani…
Lucía y yo somos adolescentes absolutamente normales, las dos hemos tenido nuestros novietes, las dos hemos perdido la virginidad… pero lo de Dani es algo muy fuerte, muy difícil de explicar con palabras.
La noche del concierto fue mágica. Lucía impresionante con su vestido vaquero, tan corto y tan ajustado que parecía imposible que pudiera meterse en él. Le sentaba realmente bien. Yo, que no estoy mal pero tampoco soy un bombón, sencillita con mi camiseta blanca y unos pantalones hasta la rodilla. Temas y más temas sonando, una actuación perfecta, una armonía increíble con todas las chicas del público…
Tras el concierto se celebró una fiesta en un pub, y el primo de Lucía nos consiguió pases. Nos acercamos a ver qué había… era un ambiente un tanto extraño… o nosotras muy jóvenes para estar allí. A Dani le vimos cuando ya estábamos pensando en largarnos. También él parecía aburrido. Uno de sus amigos se fijó en nosotras… el rollito de siempre… y muy pronto nos encontramos en otro sitio tomando otra copa.
Así empezó todo. Dani inició un tonteo muy divertido con Lucía, que estaba encantada, y resultó que se marcharon juntos…
Yo regresé a casa sola. Mi padre me echó la bronca porque era tardísimo. Ya en la cama, no conseguía conciliar el sueño. Imaginaba los labios de Lucía en la boca de Dani, sus cuerpos abrazados. Habíamos hablado poco, pero había sido suficiente para que el cantante de AZULES PERO VERDES me hubiera caído genial. Bajo la fachada de chico travieso, cantante de moda, yo había descubierto a un joven maduro, buen escuchador, de mente abierta y respuestas rápidas.
Me alegraba por Lucía. En serio…
Le envié un mensaje al móvil diciéndoselo. Claro que me dolía que fuera ella la que compartiera sábanas con el Dani de mis sueños, pero así era la vida…
Me desperté tarde, aquella mañana, y lo primero que hice fue mandarle otro sms a mi amiga.
No supe nada de ella en todo el día…
Nos vimos a la mañana siguiente. Me trataba con mucha frialdad. Con Dani, me confesó, únicamente había dado un paseo, por el parque, y él le había pedido mi teléfono. Lucía tardó en reconocer que le había dado un número falso. No podía soportar que Dani prefiriese conocerme a mí.

Ahora han pasado dos semanas, y nuestra relación… es rara… es complicada…
A veces pienso en lo que pudo ser y no fue…

DESCATALOGADO

[ Juni, un amigo, utilizó una vez la palabra descatalogado, y a mí me pareció perfecta para aludir a alguien marginado o fuera de lugar... por eso la he utilizado para titular este relato...y muchas gracias por "prestarme" tu palabrita, Juni...]

Se llamaba Mateo, y tenía quince años. Era alto, fuerte, de cuerpo atrayente, y rostro grato. Sus ojos azules expresaban tanto que apenas necesiaría hablar. Se trataba de un adolescente inquieto, con planes, siempre con alguna idea rondando en su mente. Muy despierto, y muy curioso… Demasiado maduro para su edad, tanto, que a veces desearía ser un inmaduro, y no agobiarse por nada, y comportarse como la mayoría de los chicos de su clase.
Su madre había muerto cuando él era muy pequeño, y su padre había vuelto a casarse. Se llevaba bien con Inés. Y muy bien con su padre, hablaba mucho con él, y le contaba todas sus cosas. Lo del colegio no se lo había confesado, sin embargo. No se atrevía. Sucedía desde hacía unos meses y todavía no había hallado fuerzas para compartir ese secreto con alguien. Le desagradaría encontrarse miradas de compasión, o palabras de consuelo. Mateo era fuerte, siempre lo había sido.
Todo había comenzado en la clase de Lengua. Estaban realizando un debate con el profe, que era muy enrollado, y hablaban de la libertad. El joven se decidió, realmente no tenía por qué seguir ocultándolo. Tampoco le agradaba mentir, afirmar que sí, que Noelia estaba buena, o que el sábado se había comido a una. Así que pidió permiso para intervenir y, cuando le concedieron turno de palabra, confesó que era gay. Fue, además, una confesión muy sincera y muy adulta, dijo que siempre había estado seguro de ello, y que a los trece años había experimentado por vez primera el sexo con un chico.
La clase guardó silencio. Después, en el patio, algunas niñas le felicitaron por su valentía. Mateo se sintió bien…

Los problemas comenzaron la mañana siguiente. Al grupito de descerebrados necesitados de alguien a quien hacer daño, se le antojó que Mateo podía ser una buena víctima. Así empezaron a insultarle. A dejarle a un lado. Era bueno en los deportes, pero ya no lo elegían para formar equipo.
Pronto comenzaron a llamarle MARGINADO.
Más tarde, DESCATALOGADO.
Ese nombre le dolió mucho, le provocó gran enojo.
Ese nombre implicaba quedarse al margen, permanecer fuera, no estar dentro de la vida, del grupo, de la realidad… No existir, no ser nada, no estar en una lista.
Pero Mateo supo sobreponerse, luchar, nunca se rindió, y demostró que descatalogados están los CD´s antiguos, que no se encuentran, no los adolescentes valientes que luchan por lo que quieren.
Ninguna persona que haga lo que desea, mientras no dañe a nadie, está nunca fuera de lugar, cada uno tiene su lugar, y ha de luchar por defenderlo.

Mateo es protagonista de una nueva novela juvenil a la que le estoy dando vueltas.

Rosas

Le dolía.
Mucho.
Allí, tumbada en aquel cuarto escaso en luz, acompañada por aquel joven al que apenas conocía, Claudia se sentía mal. El dolor se le antojaba insoportable. Estaba mareada, y le temblaban las piernas. Había leído sobre el tema en las revistas y en internet, y en todas partes definían las molestias como “un pequeño pinchacito”. Para ella era una tortura, algo realmente insoportable. El chico, además, ayudaba bastante poco, era muy seco, y parco en palabras.
Al final tendría que darle la razón a su madre: seguro que aún era muy joven para hacerlo.
Pero, a sus catorce años, Claudia se creía mayor. Si las amigas ya lo habían hecho ella no iba a ser menos. No quería ser la única que todavía no. Y allí estaba, en compañía de un tipo que le doblaba la edad y que apenas le inspiraba confianza. Marta, su íntima amiga, le había aconsejado que se lo hiciera con alguien del que poder estar segura, pero Claudia, en su afán por sacarse aquel tema de encima cuanto antes, había escogido al primero que había encontrado. La verdad es que no había sido demasiado exigente.
- Te mueves demasiado- gruñó el muchacho.
- ¿ Y eso es malo?. – quiso saber ella.
Sólo le apetecía que el acto acabara lo antes posible y regresar a casa. Tumbarse en la cama y relajarse, se notaba tensa, le dolían todos los músculos del cuerpo.
- Depende.
Claudia era una niña muy mona. Su cuerpo esbelto y sus ojos azules la convertían en una de las más deseadas del colegio. Casi siempre vestía con falditas, que dejaban al descubierto sus bien torneadas piernas, y peinaba su larga melena rubia en trenzas o complicadas coletas. Lucía un estilo muy moderno y desenfadado, y era también una chica muy simpática.
- ¿Es la primera vez?.
- Sí, ya te lo he dicho.
- No pretenderás que recuerde todo lo que oigo al día. Ya se te nota… Estás muy nerviosa. relájate, si no te relajas te dolerá.
- Ya me está doliendo. Mucho.
- No me extraña. Estás en tensión. No pasa nada, esto es normal, todas las personas pasan por esto.
- ¿Todas?.
- Casi todas.
Claudia trató de serenarse. respiró profundamente. Se concentró en el chico, que se movía arriba y abajo. Tampoco era tan feo como al principio había pensado. El culo no lo tenía nada mal. Y esa mirada arrogante le confería cierto atractivo…
- Ay, tío, cuidado. Me has hecho mucho daño.
- Qué delicadita eres. Y qué poco aguantas…
- ¿Falta mucho?.
- Un poco. Hablas tanto que me distraes…
- Perdona, no sabía que necesitaras tanta concentración…

La habitación entera daba vueltas, se estaba mareando, le faltaba el aire. Él le ofreció un vaso de agua y ella lo rechazó. Se encontraba fatal. Los escalofríos que le recorrían el cuerpo le impedían dejar de temblar. Quiso llorar, las lágrimas pugnaron por salir, pero le daba vergüenza, qué pensaría aquel tío…
- Creo que paso. ¿Lo dejamos a medias?.
El joven soltó una carcajada.
- Nunca dejes nada a medias, guapa. Es una mala solución. Ya verás, mañana, lo mucho que vas a presumir con tus amigas…
- No sé… Me estoy arrepintiendo de haberlo hecho…

– Ya está. Acabado.
- ¿Has terminado?. No he sentido nada…
- Estabas ahí, entre dormida y desmayada… Mira, incorpórate… Mira qué mono ha quedado…
Claudia, la guapa adolescente, se sentó en la cama, la misma cama en la que había permanecido tumbada más de una hora, y contempló su vientre. Allí, entre el hueso de su cadera y el principio de su monte de Venus, estaba, al fin su tatuaje.
Preciso. Una rosa de colores.
Ya no recordaba el dolor. El tatuaje era precioso.

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