‘Más cuentos’
Se llamaba Juan
Se llamaba Juan, vivía solo, pagaba un alquiler enorme por una buhardilla en el centro de Madrid. De edad imprecisa, tal vez no recordara una vida diferente. Era muy alto, desgarbado, todo brazos y piernas, como si todavía fuera un adolescente en proceso de crecimiento. Tocaba la guitarra, en la calle o en el metro, a veces en el Retiro. No era malo, no aspiraba a ser bueno. Sus ojos verdes lo preguntaban todo, siempre, aunque me temo que casi nunca obtenía las respuestas correctas.
Nos conocimos una tarde de otoño, en un parque. Yo paseaba con mi hija, él se arrastraba por allí, fumando. No recuerdo nuestra primera conversación. Algo que dijo me impactó, qué extraño, porque ahora no consigo acordarme de ninguna de sus palabras. Al día siguiente me acerqué a su casa, me había anotado las señas en una servilleta. Me sorprendió el orden que se respiraba en su espacio, había imaginado algo sórdido, y justamente se trataba de todo lo contrario.
Hicimos el amor. Fue bonito. Y curioso, porque no me refiero a que follamos como locos en el suelo, no, fue una entrega dulce y lenta. Me amó despacio, yo le besé mucho, y en algún momento tuve la sensación de llevar años conociendo a aquel tipo. Después tomamos unas copas, hablamos de mil cosas, y ya no nos volvimos a ver. Yo le intuía, a veces, en la boca del metro, pero, sin saber por qué, me fingía ocupada, y evitaba cruzar mi mirada con la suya.
Murió ayer. Me he enterado esta mañana, cuando me dirigía al trabajo. No sé si estoy triste, no sé… llueve… triste día para morir… ahora, mientras desayuno, he recordado, de pronto, las manos de Juan. Manos de guitarrista.
Cuando la locura tiene nombre
Durante siete días, con sus siete interminables noches, permanecí encerrada en aquella habitación.
Los segundos avanzaban tan despacio que un minuto podía hacerse tan largo como un mes. Corría el mes de abril, hacía calor, lejos, desde luego mucho más allá de la ventana, la playa me ofrecía su espectáculo de espuma y arena. Era tan absoluto el silencio que no se oía nada, y eso, esa aparente perogrullada, me enfermaba los nervios. Ni siquiera me quedaban fuerzas para llorar, permanecía casi todo el tiempo sentada, en cuclillas, contemplando el mar. Aquel mar que, ajeno por completo a mis sufrimientos, llegaba mansamente a la orilla del arenal, tranquilo, fuera de mi alcance.
Él llegaba cuando empezaba a atardecer. Cómo odiaba sus cabellos rubios, aquel olor, su gesto falso. Me sonreía, siempre me sonreía, y me llamaba princesa, y me acariciaba los labios. La primera noche me quitó la ropa, yo estaba aturdida y ni siquiera se me ocurrió oponerme, y me llevó en brazos a la cama. Empezó a desvestirse, mirándome con sus ojos llenos de locura, y yo me aterré, va a violarme!, pensaba, y mientras lo pensaba temblaba como una hoja. Se me formó una náusea en la boca del estómago, era horrible, cerré los ojos, y sentí su aliento en mi piel, y noté el peso de su cuerpo sobre el mío.
Y, de repente, nada.
No pudo, aquel degenerado no pudo hacer nada, y aquello le enfureció. Me dio una bofetada y se fue, dando un portazo. Fue la única vez que me golpeó. Al día siguiente me pidió disculpas, y me trajo un ramo de rosas.
Todavía hoy puedo recordar el momento exacto en el que comenzó la pesadilla. Yo bajaba de un autobús que me conducía a la playa, él se me acercó y empezó a hablarme. Entonces me pareció divertido, no tuve reparos a la hora de darle mi teléfono. En nuestra primera cita me invitó al teatro, y me besó en los labios al dejarme en casa.
Hicimos el amor la segunda vez que quedamos.
El primer mes de nuestra relación fue bonito. Nos veíamos con frecuencia, yo descubría a un chico culto y agradable, íbamos al cine o a nadar, pasamos un fin de semana en Roma, nos divertíamos en la cama y todo parecía sencillo y normal.
Una tarde me pidió que le acompañara a echar un vistazo a un piso que su padre tenía en aquel pueblo que hoy, sin que el pueblo sea culpable, tanto odio. Y allí empezó el horror. Entramos, cogidos de la mano, y fue entonces cuando me dijo que yo ya no saldría de allí.
Recuerdo perfectamente su mirada de loco.
Me encerró en la casa, dijo que lo hacía por mi bien, que allí dentro estaría mejor. Se apoderó de mi móvil, y se aseguró de que yo no tuviera acceso a ningún contacto con el exterior. Así empezó la tortura. En el piso no había televisor, ni radio… yo suponía que mi gente habría denunciado mi ausencia, que se me estaría buscando… pero vivía completamente ajena a lo que sucedía en el mundo exterior.
Nunca supe por qué me liberó.
Una mañana llegó y me dijo que podía irme.
Jamás volví a ver su cara de psicópata, pero me siguen aterrando los espacios cerrados.