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‘Cuentos’

EL TORERO VIEJO

Era viejo, pronunciaba mal, se alimentaba de sopas y de leche. Vivía, malvivía, en un pueblo extremeño, perdido el pueblo entre tantos pueblos más grandes, y olvidado él por familiares y amigos.

Era raro, seco, frío como un témpano, incapaz de mostrar sus sentimientos, tierno después en su trato con los animales. Silencioso, un hombre de escasas palabras y profundos silencios.

Era torpe, retardados ya sus movimientos lentos, se cansaba con facilidad y dormía mal, largas noches de inquieta vigilia, tensa espera de un sueño que se burlaba de él y le arrojaba a la penuria de sus recuerdos.

Era triste, casi nunca sonreía, apenas recordaba ya los aplausos cosechados en su época de gloria, hablaba poco y pensaba mucho, le gustaba caminar, y entretenerse con los perros y con los potrillos.

Era un torero viejo.

Fue, tiempo atrás, un buen torero. De arte y de valor.

Mini relatos

Le besé, y él siguió durmiendo.

Se murió una mañana de otoño. Nadie fue a su entierro. Supimos de su muerte a través de la prensa. Era el chico que nos traía la pizza. Jamás supimos por qué nadie acudió a su entierro.

Era verde, con lunares blancos. Era un cubito de playa, se lo compraron a la niña junto a una pala y un rastrillo. Jugó con sus juguetes todo el mes de vacaciones. Después, el día que se marchaban, se enfadó con el cubo y lo arrojó con fuerza. Se quedó olvidado bajo las escaleras. Aún sigue allí.

Me miraste, te sonreí, y te sonó el móvil.

Tosió un poco. Después se tocó la frente. Dijeron que tenía fiebre. Al día siguiente no se levantó de la cama. Lloró cuando caía la tarde. Era mayor, el abuelito… Al día siguiente vino el médico y movió la cabeza con lástima. A las tres de la tarde ya estaba muerto.

…y bailó, taconeó, cimbreó la cadera, onduló los brazos… rojo pasión y negro azabache… flamenco en estado puro.

Me empezó a hacer gracia la primera vez que hablamos… ahora me hace mucha más gracia.

Es arte… y es silencio. Es blanca… y es torera. Es piedra… y es cielo. Es Romero… y es Ordóñez. Es moderna… y duerme en el tiempo. Es de verdad… y es fantasía. Es Ronda.

COLOURFULL CHINCHETTOS

Mi habitación no es la típica habitación de cualquier niña de diecisiete años. No hay fotos de los guapitos del momento, ni de futbolistas, ni de esos cantantes con cara de bobos con los que todas las de mi clase se quieren acostar. Las paredes permanecen en blanco, tan blancas que a veces su color daña la vista, y apenas hay en ellas detalles personales. Tengo, sin embargo, un cuadro que compré en una exposición de una artista aún no muy conocida.
Se llama COLOURFULL CHINCHETTOS.
Lo compré porque, en principio, me impresionó el título. Tan sugerente, abre tantas puertas… El fondo del cuadro es muy blanco, también. Después, hay una serie de muñecos de esos que se pegan en las espaldas de la gente el día de los Inocentes, y todos están pintados de un color diferente, y todos van unidos entre sí, como si estuvieran cogidos de la mano. Me pareció una perfecta manera de hacer frente a la discriminación racista.
Y por eso lo compré.
Y por eso lo he colgado en las desnudas paredes de mi habitación, porque me gusta verlo, y me gusta pensar que hay esperanza, y me agrada creer que todo puede ser…
Y, como en mi mundo todo es amargo y no hay lugar para ilusiones, los COLOURFULL CHINCHETTOS son mi única vinculación con la vida de risas y color rosa…

El gol

Yo era ” El Negro”. Llevaba cinco años en España, recordaba mucho Tánger, y sus olores, pero empezaba a habituarme a la dinámica de Madrid. Aunque me llamaban así, porque Ahmed les resultaba extraño, yo sabía que lo hacían con afecto. No había nada racista en ese apelativo.
Sin embargo… me disgustaba escuchar ese nombre…
Yo, a Guille, le llamaba Guille, no le decía “El Gordo” porque pensara que sus casi noventa quilos me autorizaran a hacerlo. A Belén la llamaba Belén, no reparaba en sus granitos para denominarla “La Acneica”.
En fin…
Aquella tarde mi equipo se enfrentaba a nuestro máximo enemigo, en términos futbolísticos. Empatábamos a dos, y yo, que soy buen delantero, que llevaba puesta una camiseta de Raúl, deseaba más que nunca nuestra victoria.
Hacía frío, casi era Navidad, y se respiraba un ambiente muy festivo.
De repente, el árbitro señaló penalti…
Penalti clarísimo, los otros ni siquieran protestaron, de tan obvio como era…
Supe que tenía que hacerlo yo, todos supieron que tenía que hacerlo yo…
En un minuto estaba allí, plantado delante de la portería, nervioso, sudando, con la adrenalina corriendo por mis venas…
Cerré los ojos… y no fui consciente de que mi pie golpeaba el balón…

Cuando decidí volver a contemplar el mundo… mis compañeros ya festejaban el gol.
Habíamos ganado… el partido acabó poco después…
¡Bien hecho, Ahmed!, gritaron los de mi equipo.
¡Qué bueno eres, Ahmed!, gritó Soraya, la que tanto me gusta…
Yo había ganado…

Miedo

Cuando Carmen murió, mi padre creyó enloquecer.

Lo de los mensajes vino después. Cuando me lo confesó no supe muy bien qué decirle. Soy su hijo mayor, y siempre he sentido una gran admiración por él. Su comportamiento me asustó.
Resulta que Rocío, la hermana de Carmen, había decidido mantener su teléfono móvil, decía que conservar sus pertenencias la unía a ella, y evitaba que se sintiera tan sola. Rocío, todos lo sabíamos, estaba loca desde hacía bastantes años.
A mi padre le pareció una excelente idea. Así podía enviarle mensajes a Carmen, cuando ella vivía los dos se pasaban horas comunicándose de ese modo. Mi padre, como bailarín, viaja mucho, y no podían verse todo lo que hubieran deseado.
Comenzó a enviarle mensajes.
Primero uno al día… después dos… luego más de diez…
Yo suponía que debía hablar con mi madre de este asunto, ella es muy comprensiva, siempre consintió que en la vida de mi padre hubiera dos mujeres, pero no me atreví a hacerlo. No sé por qué, imagino que trataba de protegerla, o de evitarle una preocupación.
Una noche, en la playa, mi padre fumando como siempre, estábamos los dos disfrutando del silencio, de la brisa, y de la compañía… A mí me fascinaba pasarme las horas con él, escuchar sus historias, aprender de sus palabras… En aquella ocasión estaba nostálgico…
Sacó el móvil, su perfecto Nokia N90, del bolsillo, y empezó a escribir…
Le he dicho lo mucho que la quiero, me dijo al terminar.

Un pitido nos sobresaltó. Mi padre leyó el mensaje y sonrió, emocionado. Me lo mostró para que yo también lo leyera. Carmen también le enviaba todo su amor, y se despedía con miles de besos intensos. Yo sentí un escalofrío. Mi padre se fue a nadar…

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