Ronda
Ronda,
blanca y eterna,
espera.
Ronda,
de piedra y cielo,
aguarda.
Ronda,
¡ciudad soñada!
pide.
Ronda,
de arte y de misterios,
desea.
Otro torero de
leyenda.
Otra figura
universal.
Ronda,
de niebla y sol,
espera.
Otro Romero,
otro Ordóñez,
otro torero.
Agua de luna
Nos conocimos en el instituto. Carmen, muy guapa, deseada por todos los chicos, no se perdía un concierto, y le confesaba a cualquiera que quisiera escucharla que iba a ser cantante. Se trataba de una adolescente muy segura de sí misma, a sus dieciséis años tenían las ideas absolutamente claras. Hugo, moreno y diferente, tocaba la guitarra, era muy bueno, su padre era músico, y convivía con ese ambiente desde su primera infancia. Hugo, misterioso y solitario, me gustaba desde hacía tiempo, pero ni soñaba con que se fijara en mí… Yo… pero, ¿para qué perder el tiempo hablando de mí?.
Yo me llamo Ana.
Tardamos pocos días en decidir que formaríamos un grupo. Por aquel entonces, ellos dos aspiraban a irrumpir con fuerza en el panorama musical español, yo…, yo me conformaba con que siguieran considerando buenas mis letras, con que me mantuvieran dentro del trío. Nos reuníamos casi todas las tardes, el padre de Hugo nos cedió un estudio que tenía, por el Barrio de Salamanca, y fue el primero en afirmar que el nombre que había propuesto Carmen era muy sugerente. AGUA DE LUNA.
Y empezamos a ensayar, con mucha ilusión. Carmen, durante los meses de invierno -duros y de ardua concentración- cambió varias veces de novio, de peinado, incluso de color de pelo, ahora es pelirroja. No me extraña que todos la deseen, realmente es guapa y esbelta. Hugo, perfeccionó mucho su arte con el guitarra, la toca ahora realmente bien, y retomó las relaciones con su madre, una actriz de escaso éxito que nunca tiene demasiado tiempo para él. Y yo… yo me enamoré de Hugo… cada día un poquito más…
Y compuse el tema por el que nos ha llamado esta discográfica.
ESPERANZAS DE PLATA.
Y ahora estamos aquí. Les ha gustado el tema y quieren ofrecernos algo. Nos han convocado a los tres, esta mañana, y los tres sabemos que nos encontramos ante una cosa seria. A Hugo le acompañó su padre hasta el portal, lo espera desayunando en una cafetería cercana. Los padres de Carmen estaban ayer ilusionados, aunque le aconsejan a su hija que mantenga la calma. ¿Los míos?. Yo no hablo mucho con mi familia.
Hugo, nervioso, se frota sus huesudas manos, es su costumbre habitual. Sus ojos negros lo curiosean todo. Carmen, divina en su vestido vaquero, apenas dice nada. Ojea, distraída, una revista. Los tres sabemos que habrá cambios. Que AGUA DE LUNA, como lo conocemos, ha dejado ya de existir, y que empiezan nuevos tiempos. Eso dijeron ayer, cuando telefonearon. Que éramos interesantes, que el tema era pegadizo, que poseíamos gancho comercial… Pero que debíamos cambiar algo. Y algo importante.
Y yo sé que soy yo. Yo soy el cambio, me voy, me echan. Sé que no encajo, y Hugo y Carmen lo saben también. Un grupo musical compuesto por adolescentes, que compone música para el consumo adolescente, no puede permitirse contar en sus filas con alguien como yo. Quieren una imagen. Quieren belleza, caras que fascinen, cuerpos de escándalo. Quieren hordas de críos y crías enloqueciendo por nosotros. Y nadie va a enloquecer por mí… Lo tengo clarísimo… y Hugo y Carmen lo tienen igual de claro…
Me invitarán a abandonar AGUA DE LUNA, lo sé. Mi tema se hará famoso, sonará en las listas de los más escuchados, porque es bueno y yo sé que es bueno, y se tarareará por la calle a todas horas. Será escogido para algún anuncio. Y buscarán a otro o a otra para completar el trío, quizá un chico rubio de rostro angelical, para que contraste con Hugo. O tal vez una chica, una Barbie de melena cobriza y medidas imposibles.
No hay sitio, en la música, para una joven con granos, gorda, esa es la palabra, gorda, sin ningún atractivo físico. Continuamos esperando. Pol, un DIOS en este mundillo, nos recibirá cuando se canse de darnos a entender que está ocupadísimo…
Bárbara y yo
Capítulo 1.
Mucho antes de que Bárbara falleciera, yo ni siquiera la conocía. Vivía, o malvivía, en Sevilla, ajeno por completo a su magia, a la fuerza de su mirada negra, a su duende. Tenía veinte años, las experiencias de un tipo de cuarenta, y unas ganas tremendas de comerme el mundo. Quería ser cantante, ocupaba buena parte de mis días en componer mis temas, y dedicaba muchas horas a mi guitarra. Me movía a salto de mata, ni tenía ni quería tener novia, y cada noche buscaba una aventura. Era, o creía que era, feliz.
A Bárbara la concí en uno de mis conciertos. Vino con unas amigas, pero todos la miramos a ella. Imposible no reparar en su presencia, tan hermosa, tan vital, tan llena de luz. Nunca había conocido a una mujer así. Acababa de cumplir los cuarenta, y su cuerpo se mantenía terso y joven como el de una niña de mi edad. Más tarde descubriría que no frecuentaba el gimnasio, su belleza era toda ella un regalo de la Naturaleza. Morena, de tez agitanada, pestañas enormes y boca sensual. Bárbara era realmente bella. Me preguntó mi nombre, y me dijo que le gustaban mis temas, que eran muy directos.
Esa noche dormimos juntos.
Al día siguiente me llamó. Yo acababa de despertarme de la siesta, todavía ebrio de alcohol y de sueño, y su voz sensual me sobresaltó, ni siquiera recordana haberle dado mi número de móvil. Me invitaba a cenar. Escogió uno de los mejores restaurantes de la ciudad, uno del que yo ni conocía la existencia, un local elegante donde miraban fatal mis vaqueros rotos. Esa segunda noche la pasamos en su casa. Así conocí a su hijo.
Bárbara tenía dos hijos: Marcos, el mayor, triunfaba en el difícil mundo del baile flamenco, y en aquellos momentos vivía en París. Ella le adoraba, y él pasaba bastante de ella. Marcos tenía veintidós años, por lo tanto, dos más que yo. Mario, el menor, era un adolescente rebelde de largos silencios y ojos tristes. Congeniamos bien, yo le mostraba mis temas y él me dejaba sus cosas.
Una semana después de habernos conocido ya vivíamos juntos. Bárbara me hechizaba, el sexo con ella era tan bueno que llegué a pensar que en mi currículum sexual hay un antes y un después de ella. Me gustaba su voz, me enamoraba su sonrisa, me fascinaba su historia.
Bárbara casi me hizo enloquecer de pasión.
Puedes continuar leyendo capítulos de esta novela en mi blog: http://barbarayyo.blogspot.com
Se llamaba Juan
Se llamaba Juan, vivía solo, pagaba un alquiler enorme por una buhardilla en el centro de Madrid. De edad imprecisa, tal vez no recordara una vida diferente. Era muy alto, desgarbado, todo brazos y piernas, como si todavía fuera un adolescente en proceso de crecimiento. Tocaba la guitarra, en la calle o en el metro, a veces en el Retiro. No era malo, no aspiraba a ser bueno. Sus ojos verdes lo preguntaban todo, siempre, aunque me temo que casi nunca obtenía las respuestas correctas.
Nos conocimos una tarde de otoño, en un parque. Yo paseaba con mi hija, él se arrastraba por allí, fumando. No recuerdo nuestra primera conversación. Algo que dijo me impactó, qué extraño, porque ahora no consigo acordarme de ninguna de sus palabras. Al día siguiente me acerqué a su casa, me había anotado las señas en una servilleta. Me sorprendió el orden que se respiraba en su espacio, había imaginado algo sórdido, y justamente se trataba de todo lo contrario.
Hicimos el amor. Fue bonito. Y curioso, porque no me refiero a que follamos como locos en el suelo, no, fue una entrega dulce y lenta. Me amó despacio, yo le besé mucho, y en algún momento tuve la sensación de llevar años conociendo a aquel tipo. Después tomamos unas copas, hablamos de mil cosas, y ya no nos volvimos a ver. Yo le intuía, a veces, en la boca del metro, pero, sin saber por qué, me fingía ocupada, y evitaba cruzar mi mirada con la suya.
Murió ayer. Me he enterado esta mañana, cuando me dirigía al trabajo. No sé si estoy triste, no sé… llueve… triste día para morir… ahora, mientras desayuno, he recordado, de pronto, las manos de Juan. Manos de guitarrista.
Cuando la locura tiene nombre
Durante siete días, con sus siete interminables noches, permanecí encerrada en aquella habitación.
Los segundos avanzaban tan despacio que un minuto podía hacerse tan largo como un mes. Corría el mes de abril, hacía calor, lejos, desde luego mucho más allá de la ventana, la playa me ofrecía su espectáculo de espuma y arena. Era tan absoluto el silencio que no se oía nada, y eso, esa aparente perogrullada, me enfermaba los nervios. Ni siquiera me quedaban fuerzas para llorar, permanecía casi todo el tiempo sentada, en cuclillas, contemplando el mar. Aquel mar que, ajeno por completo a mis sufrimientos, llegaba mansamente a la orilla del arenal, tranquilo, fuera de mi alcance.
Él llegaba cuando empezaba a atardecer. Cómo odiaba sus cabellos rubios, aquel olor, su gesto falso. Me sonreía, siempre me sonreía, y me llamaba princesa, y me acariciaba los labios. La primera noche me quitó la ropa, yo estaba aturdida y ni siquiera se me ocurrió oponerme, y me llevó en brazos a la cama. Empezó a desvestirse, mirándome con sus ojos llenos de locura, y yo me aterré, va a violarme!, pensaba, y mientras lo pensaba temblaba como una hoja. Se me formó una náusea en la boca del estómago, era horrible, cerré los ojos, y sentí su aliento en mi piel, y noté el peso de su cuerpo sobre el mío.
Y, de repente, nada.
No pudo, aquel degenerado no pudo hacer nada, y aquello le enfureció. Me dio una bofetada y se fue, dando un portazo. Fue la única vez que me golpeó. Al día siguiente me pidió disculpas, y me trajo un ramo de rosas.
Todavía hoy puedo recordar el momento exacto en el que comenzó la pesadilla. Yo bajaba de un autobús que me conducía a la playa, él se me acercó y empezó a hablarme. Entonces me pareció divertido, no tuve reparos a la hora de darle mi teléfono. En nuestra primera cita me invitó al teatro, y me besó en los labios al dejarme en casa.
Hicimos el amor la segunda vez que quedamos.
El primer mes de nuestra relación fue bonito. Nos veíamos con frecuencia, yo descubría a un chico culto y agradable, íbamos al cine o a nadar, pasamos un fin de semana en Roma, nos divertíamos en la cama y todo parecía sencillo y normal.
Una tarde me pidió que le acompañara a echar un vistazo a un piso que su padre tenía en aquel pueblo que hoy, sin que el pueblo sea culpable, tanto odio. Y allí empezó el horror. Entramos, cogidos de la mano, y fue entonces cuando me dijo que yo ya no saldría de allí.
Recuerdo perfectamente su mirada de loco.
Me encerró en la casa, dijo que lo hacía por mi bien, que allí dentro estaría mejor. Se apoderó de mi móvil, y se aseguró de que yo no tuviera acceso a ningún contacto con el exterior. Así empezó la tortura. En el piso no había televisor, ni radio… yo suponía que mi gente habría denunciado mi ausencia, que se me estaría buscando… pero vivía completamente ajena a lo que sucedía en el mundo exterior.
Nunca supe por qué me liberó.
Una mañana llegó y me dijo que podía irme.
Jamás volví a ver su cara de psicópata, pero me siguen aterrando los espacios cerrados.
Muy (sexual)
Muy ( sexual ).
Siempre gente criticando. Siempre, y desde siempre, voces altas y groseras hablando de lo que no saben, etiquetando lo lo que desconocen, juzgando lo que no les incumbe.
Eres heterosexual, homosexual o bisexual?.
Pregunta frecuente que a muchas personas les habrán hecho a lo largo de su vida. Y por qué dar una respuesta?. Qué cambia?. Afecta a la condición de ser humano?
Por qué decantarse por una opción determinada?.
Siempre he pensado que es absolutamente irrelevante con quien se acueste uno, a quien bese, de qué modo obtenga el placer sexual. Lo que importa es la esencia, el contenido de la persona, lo que puede ofrecer y aportar.
Por qué una pareja homosexual no es válida para cuidar a un hijo?. Afirmar eso es una aberración, y es una estupidez.
Acaso lo hacen bien todas las parejas heterosexuales?. No conocemos todos a miles de “matrimonios al uso” que maleducan o desatienden a sus hijos?.
Un niño estará bien con cualquier persona que le de amor, educación, atención, valores…
Por eso, harta ya de tanta tontería, propongo la denominación muy (sexual). Siempre sexo, que es muy sano, con la frecuencia, el modo y la persona que cada uno desee, siempre que sea consentido y no atente contra la dignidad de nadie.
Definamos como muy (sexual)es.
Hay gente que…
Hay gente que falta a sus promesas, que se cree por encima del bien y del mal, que miente, que actúa de mala fe, que se aprovecha de los demás, que olvida nombres o fechas importantes, que presume de lo que no es, que habla de lo que no sabe, que ignora las necesidades de quienes están a su alrededor, que carece del más mínimo sentido de la ética, que desprecia, que ofrece malas contestaciones, que no es agradecida, que tiene muy malos modales, que es maleducada, que es arrogante, que grita, que insulta, que ofende, que critica, que jura en vano, que malmete, que omite información importante, que no admite sus errores, que no sabe perdonar, que no pide perdón, que maltrata, que tergiversa las verdades, que anula, que vocea, que ignora…
Hay gente que no vale la pena.
Lo mejor de todo esto… es que hay gente que no es así.
Eutanasia
Por qué será, me pregunto, que siempre hay personas dispuestas a ponerle las cosas más difíciles a los demás?. Siempre que alguien, aquejado de fuertes problemas que impiden su movilidad, solicita ayuda para poner fin a su vida, una vida que no considera digna ( o interesante o atractiva o deseable o útil o lo que quiera que sea ), surgen voces indignadas que discuten esa petición. Por qué hay personas que no soportan que otras tengan ideas, tomen iniciativas, decidan sus futuros?.
La eutanasia es un tema que siempre ha creado polémica en este país, en otros no ocurre así. Por qué?. Po qué España ve tan mal que alguien que sufre por continuar viviendo no pueda conseguir la muerte?. Por qué en este país a las ideas les cuesta ananzar?
EL DUENDE DEL FÚTBOL
El fútbol. El fútbol tiene ese “no sé qué”, como decían en un tierno anuncio navideño, que lo convierte en algo imprescindible para muchas personas.
El fútbol es magia, duende, diversión, orgullo, entrega, sonrisas, lágrimas, amistad, sufrimiento, pasión, amor… todo eso y mucho más. El fútbol es una filosofía de vida.
El aficionado se levanta más contento los días de partido, como si la mañana le hiciera un guiño. Parece que por sus venas corre algo más que sangre. Es el hormigueo futbolero. Una sensación maravillosa que acompaña al que sueña con el gol durante toda la jornada.
Cuando uno se aproxima al estadio, o al bar donde ha quedado con los colegas para disfrutar de ese deporte que también es espectáculo, los problemas son menores, las hipotecas menos duras, las ilusiones más posibles. El fútbol hace la vida más divertida. Las camisetas del ídolo adorado, las bufandas, las banderas, el ruido… todo forma parte de ese ambiente que empieza en cada persona en particular y acaba en la totalidad de los Bernabéu, Mestalla, Riazor, Old Traford o Anfield Road.
El fútbol es un espectáculo social, una euforia colectiva. Una fiesta de masas. El lenguaje de unos cuantos miles de millones.
Un partido son noventa minutos llenos de posibilidades. Que todo pueda pasar dota a esa hora y media de una intriga maravillosa. Sobre el césped dos equipos de gala, veintidós hombres -a veces todavía críos- en los que dos entrenadores han confiado, han depositado sus esperanzas. En las gradas, en las cafeterías, en los salones de las casas, pizzas, cervezas, CocaColas, gritos, abrazos, histeria y tensión. Amistades de toda la vida o amistades de un minuto. Aplausos para Raúl, Cristiano Ronaldo, Morientes, Navas, Sergio Ramos o Cesc Fabregas…
Así es el fútbol: un lujo.
LIBROS QUE ME HAN GUSTADO…
Los libros que he leído en los últimos meses, y me han gustado, porque leo mucho y no todo lo que se escribe me gusta ni considero que sea bueno, son estos:
- Qué punto de vida esta, de Tomás Lorenzana, una grata novela sobre una búsqueda personal y sobre la difícil situación laboral que vivimos hoy.
- El abanico de seda, de Lisa See, porque me ofreció una inquietante visión sobre ciertas situaciones que se viven en China.
- El guardián entre el centeno, de Salinger, porque cada vez que lo leo me provoca el mismo sentimiento.
- Pases y compases, de Nuevo Sánchez y Gutiérrez Valentín, porque me gusta el toreo y creo que han trabajado bien los temas que tratan.
- Justicia uniforme, de Donna Leon, porque soy adicta a su obra, me encanta su forma de crear una novela.
- Querida mamá, de Julián Contreras Ordóñez, porque me parece un bello y sincero homenaje de un hijo a una madre, escrito con sentimiento, verdad y elegancia.
- Estupor y temblores, de Amelie Nothomb, porque leo todo lo que escribe y me agrada su amargo humor.
- Vince@Joey, de Lisa Edward, me divierten mucho ese tipo de novelas.
- Marina, Ruíz Zafón, aún no lo había leído y sí me resultó interesante.
- El corazón helado, de Almudena Grandes, devoro todo lo que escribe.
- Mi viaje con Gemma, de Katy Gardner, lo he leído ya tres veces y siempre me fascina.
- El jardín de las mujeres, de Aminata Forna, diferente e intenso.
- Cambio de vida. Cómo me hice rico, de Aitor Zárate, porque me ha hecho pensar en las 1001 maneras que tengo de despilfarrar mi dinero.
- Banda sonora, Sierra i Fabra, porque me encanta este autor y me parece un modo muy humano de tratar el mundo de la música.
De todo lo que he leído, estas obras, cada una en su estilo, me han aportado cosas. Supongo que olvidaré alguna… Después, he leído otros libros…
… escribí esta nota hace tiempo, desde entonces he leído mucho más, toda la producción de Camilla Lackberg ( fascinante ); La pluma de la verdad, de Julián Contreras ( muy buena novela ); Larsson; Nadie lo ha oído ( qué pena me dejó en el cuerpo ); la saga Crepúsculo ( genial!!! ); La mecánica del corazón… tantas páginas, tantos buenos libros…